viernes, octubre 31, 2008

Turista en Nueva York.

Estoy de vuelta, después de una semana en Nueva York.
Desde pequeña tenía muchas ganas de conocerla y, como a tantas personas, el cine no ha hecho más que alimentar ese deseo durante años.
Mi padre me había planteado el viaje como un premio fin de carrera. Me lo había prometido hace al menos un año, cuando empecé el último curso. Sería un regalo compartido con una familia feliz e iríamos los cuatro. Pero, por la situación en que estamos, terminó convirtiéndose en un viaje de un separado con sus hijas mayores. En algún momento podía dar la sensación de que castigábamos a mi madre dejándola en tierra, aunque sé que mi padre no lo pretendía. Incluso nos recordó varias veces la conveniencia de que lleváramos algunos regalos para ella y nos dio bastante dinero para que pudiéramos ser generosas.
Aunque no me ha decepcionado la ciudad, sí que lo ha hecho en alguna medida el viaje: me daba la impresión de haberlo hecho anteriormente, de conocer todos los lugares, las actitudes de la gente en general. Creo que me pesaba mucho la cultura cinematográfica, a pesar de no ser una gran cinéfila. Notaba que mis ojos encuadraban según lo visto mil veces. Inconscientemente me fijaba en las personas en las que se ha fijado el cine.
Pasear por Central Park, comer en la Little Italy, subir a la Estatua de la Libertad, entrar en el Metropolitan... Hicimos lo que hace la mayoría de los turistas.
Es curioso, pero a la vuelta siempre te encuentras con el que quiere desmarcarse del estereotipo: no hizo tal cosa, ni la otra, no fue a tal sitio (“está siempre lleno de turistas”, “es una guirilada”). Eso sí descubrió todos los mejores sitios que ningún turista conoce, habló con la gente del lugar (aunque desconozca el idioma) y en una semana pudo saber cómo vive en realidad la gente (aunque a los antropólogos esto les cueste años).
Yo me conformé con ser una turista.

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jueves, octubre 16, 2008

Selección genética de niños

En Sevilla ha nacido el primer niño seleccionado genéticamente para poder curar a su hermano, que sufre la forma más grave de anemia congénita. La sangre del cordón umbilical de este bebé permitirá hacer un trasplante de médula a su hermano y, con bastante probabilidad, curarlo.
No quiero entrar en el tema de la eliminación de los embriones no seleccionados, pero sí en el resultado final de esa selección.
Es impensable para los padres ver a un hijo gravemente enfermo y no intentar todo lo posible para curarlo. Tampoco me cabe en la cabeza que los padres no vayan a querer al nuevo hijo tanto como al otro. Pero en el caso de los niños-remedios su instrumentalización parece evidente y ello hace que los primeros padres en beneficiarse de esta posibilidad sean juzgados éticamente por la sociedad con mucho detalle e interés.
Sobre las personas afectadas, si el trasplante tiene éxito, supongo que la vida familiar se convertirá en normal: unos padres con dos hijos sanos a los que quieren por igual y, con el tiempo, el orgullo del pequeño por haber salvado la vida del mayor. Pero si el trasplante fracasa, ¿se recurrirá al pequeño como un proveedor de nuevas células para sanar al mayor?, ¿se plantearán los padres tener un nuevo hijo con el mismo fin terapéutico? ¿Se generarán íntimos e inconscientes reproches de los padres hacia la inutilidad del pequeño o de éste hacia los padres por haber sido utilizado?
Creo que todos los hijos deseados son, en cierto modo, un remedio a las necesidades de los padres. Pueden dar respuesta al deseo de pervivencia, al instinto de supervivencia de la especie; convertirse en un enganche en una pareja inestable; representar una inversión en mano de obra para el campo; la esperanza de que un día cuide a los padres ancianos... Y todas estas finalidades inmediatas o a futuro no impiden que la mayoría sean queridos y crezcan felices.

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jueves, octubre 09, 2008

Mi insoportable tia Carmen

Acabados los exámenes de septiembre, y aprovechando un viaje de trabajo de mi padre, hemos pasado tres de semanas en casa de mi madre. ¡Un horror!

Por una parte, ni mi hermana ni yo entendemos las neuras de mi madre.
Por otra, a la incomodidad de no tener todas nuestras cosas a mano, se sumaba la de tener que soportar las frecuentes visitas de mis tías. Acampaban en el sofá, deambulaban por toda la casa, preguntaban por lo que no les importa y siempre lograban alargar “con naturalidad” la visita y hacerse invitar a la cena. Pero lo más inaguantable, cuando venían las dos juntas, era que junto con mi madre montaban un gallinero de voces chillonas y conversaciones absurdas o maldicentes. Después de haberlas aguantado este verano en el apartamento de la playa, ya estaba harta de ellas.

A mi tía Carmen, soltera y aburrida, se le abrió el cielo cuando mi tía Esther se divorció: encontró compañera de cine, compras y cotilleo. Y ahora amplía su horizonte de metijona con mi madre.
No contenta con usarla como alivio de su aburrida y solitaria vida, presume de ser ella quien alivia a mi madre de sus problemas. ¡Y cree que lo hace mejor con pullas hacia mi padre y nosotras!
Aunque he procurado no soportar esas visitas más de lo imprescindible, buscando excusas para desaparecer de casa o encerrarme en mi habitación con obligaciones buscadas, un día no pude aguantar más y tuve que enfrentarme a mi tía.
Se estaba quejando mi madre sobre lo mucho que trabajaba mi padre, el poco tiempo que pasaba con ella..., cuando mi tía dice: “Para que sufriera realmente y ahora que te ha perdido, tendría que perder lo único que le queda: su trabajo. Porque es un hombre vacío, que no tiene nada...”

¡Vamos a ver, imbécil! De momento el trabajo no es lo único, ni siquiera lo más importante que tiene mi padre: tiene dos hijas que lo adoramos, tiene hermanos que no le han abandonado ni siquiera cuando han sido despreciados por su mujer, tiene algunos amigos que también le perdonan los caprichos y borderías de su mujer, tiene una carrera universitaria, una cultura que ya quisiera yo... Claro que su trabajo es muy importante para él: le encanta lo que hace, le ha ofrecido unas relaciones sociales que, de limitarse a la familia, serían muy limitadas y el sueldo le permite vivir sin preocupaciones económicas, tener una buena casa, darnos caprichos a sus hijas, ...

Y tú, tía sosa, ¿qué tienes? Dos hermanas divorciadas que más que buscar tu consuelo, tú las has adoptado para que llenen tu soledad; que sustituyen a tus amigas invisibles. Tienes un honrado trabajo de peluquera, que te da motivo para quejarte del sueldo y para despellejar a tu jefe, a tus compañeras y a las clientas que no te dan propina; que te da la oportunidad de envidiar a algunas de esas señoronas (putillas a plazos) que invierten en sus pelos de rata 100 euros semanales; un trabajo que te da excusa para considerarte entendida y ejemplo del buen gusto; que te permite estar enterada del último cotilleo y del último vestido de la famosilla de turno.
Porque esos son tus temas de conversación. Bueno, se me olvidaba que te crees bastante culta, porque te gustan los libros, la música y el cine: tu casa da cuenta de ello con estanterías de best-seller de 1000 páginas, de novelitas ligeras recomendadas por alguna clienta, de música estilo 40 principales, mix, remix, grandes éxitos y el último fruto del mestizaje de Mozart con el reaguetón.
Nunca se te ha conocido hombre o mujer que te calentara la cama, pero has calentado la cabeza a toda la familia con tus amores imposibles. En vacaciones o para viajar, te has tenido que acoplar a tus padres, a tus hermanas o tratar de engañarnos a las sobrinas haciéndote pasar por juvenil y moderna.
No me extraña que las únicas personas que te aguanten sean tu madre y tus hermanas: tú te lo has buscado. Pero deja en paz a quien ni siquiera se rebaja a acordarse de tu triste vida.

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