martes, febrero 03, 2009

¿El control de natalidad es progresista?

Ayer escuché en el programa de Julia Otero un debate sobre la limitación de la natalidad, a raíz de lo que ha dicho un tal Jonathon Porritt, asesor del Gobierno británico. Este hombre afirma que quienes tengan más de dos hijos son unos irresponsables porque contribuyen al deterioro ecológico del planeta. Lo primero que debería hacerse para frenar el calentamiento global del planeta es frenar el crecimiento demográfico. El debate estaba planteado para defender esta postura, con dos tertulianas que la defendían (Pilar Rahola y Espido Freire) frente a un solo tertuliano (Juan Manuel de Prada), y filtrando las llamadas para dar prioridad a los favorables del control de natalidad y presentar a los contrarios a ese control como defensores de posturas religiosas conservadoras. A lo largo de la discusión Pilar Rahola, de ideas progresistas, afirmó que ella sólo ha tenido un hijo biológico y concienciada de que la demografía era un problema prefirió adoptar otros dos hijos. Según ella, no deberíamos tener una visión reducida y preocuparnos de que hay pocos europeos porque en el mundo hay mucho niños que se pueden adoptar. Llegó a afirmar que fue “una suerte para el planeta que los chinos no permitieran tener más de un hijo, porque, si no, ahora serían el doble”. Por su parte, Juan Manuel de Prada defendió (como era natural) la postura de que tener hijos no era irresponsable. Aunque suele basar sus opiniones conservadoras en argumentaciones con olor a incienso catedralicio, en esta ocasión defendía su postura con argumentos de tipo económico y social: los recursos del planeta pueden alimentar a mucha más población; el problema es que la riqueza está muy mal repartida y los ricos consumimos demasiados recursos. Yo estoy de acuerdo con la postura teóricamente “conservadora”. Antes de seguir, aclaro que yo no soy religiosa y aborrezco tanto la moralina religiosa como su intento de controlar los comportamientos de la sociedad según criterios religiosos. Por eso no estoy de acuerdo con que determinadas opciones morales o éticas (que no tienen por qué depender de la religiosidad) son secuestradas por la estructura eclesiástica y (peor aún) no entiendo que desde posturas anticlericales (o antirreligiosas) se cree una falacia para adjudicar esas opciones a los más reaccionarios y, por tanto,, cualquiera que defienda esa opción quede convertido en carca. En el informe previo a la discusión no se dijo nada del consejo de Porrit al Gobierno inglés y que sí aparece en la información de la que parte el debate: que mejore la planificación de la familia incluso si eso significa “desviar dinero destinado a curar la enfermedad, para aumentar la anticoncepción y el aborto”. Supongo que así es más fácil controlar el crecimiento demográfico: a la vez que se limita la natalidad, se aumenta la mortalidad gracias a los enfermos no atendidos. Estos enfermos condenados a muerte serían fundamentalmente pobres o de clase media que no alcanzan a costearse los costosos tratamientos médicos que ahora financia la sanidad pública. Es muy progresista reducir el número de pobres, pero yo pensaba que debía hacerse facilitando el acceso a los recursos económicos, no acelerando su muerte. Para este gurú del ecologismo lo principal es el número de habitantes, no el consumo racional de los recursos, que no menciona. Es muy habitual oír que debe limitarse la natalidad en los países pobres, porque “los padres no pueden alimentar a tantos hijos”. Se olvida que quizá los hijos son la única inversión que está al alcance de los pobres. Se olvida que una prole numerosa supone jugar más números en una macabra lotería cuyo premio es alcanzar la temprana vejez con algún hijo vivo que pueda mantenerlos y cuidarlos. Un aumento del nivel de vida y de la esperanza de vida suele conllevar una menor natalidad. Reconozco el valor y respeto la decisión de quienes adoptan un hijo en los países pobres. La adopción me puede parecer bien para quienes deseen realizar su instinto de maternidad o paternidad y no pueda conseguirlo mediante la reproducción biológica. Pero, cuando oigo: “con nosotros tendrá una vida mejor”, no puedo dejar de imaginarme la compra de un pedacito de cielo (religioso o laico) gracias a una obra benéfica, que ha costado más de 10.000 euros. Menos aceptable me parece la postura de quien se plantea: “¿Por qué voy a a tener un hijo, si sobran niños en el mundo? Puedo adoptar”; y siempre negarán en público que íntimamente llegan a decirse: “¿Para qué me voy a complicar la vida con una pareja (si no la tengo), con un embarazo, con un parto, con un recién nacido… si puedo ir al mercado y traérmelo puesto?”. No deja de ser el mismo planteamiento que se hacen los economistas más liberales: “¿Para qué vamos a producir en los países ricos, si nos sale más barato producir en los países pobres?” Curiosamente, el tertuliano conservador propugna un mejor reparto de la riqueza y un consumo más racional.Hoy, los recursos naturales están más amenazados por el derroche de los ricos que por las necesidades reales de la población total.

¿Será progresista promover la muerte de los pobres en los países ricos, dejar de reproducirse para importar niños de países pobres que cubran nuestras necesidades afectivas e importar jóvenes de países pobres como mano de obra barata?

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jueves, enero 29, 2009

Desorientada y confundida.

Me sorprendió la casa de Milagros, porque no parecía ser suya.
Ya dije que ella tenía un aspecto algo masculino y sus movimientos también lo acentuaban. Parecía brusca, incluso en la forma de conducir. Su forma de vestir era muy sobria (pantalón vaquero sin demasiada gracia, jersey negro y zapatos planos unisex), no llevaba nada de maquillaje, ni usaba complementos ni adornos. En cambio, la casa estaba llena de detalles de gusto refinado y, con algunas cosas que, incluso a mí, me resultaban bastante pijas e incluso cursis. No me parecía que fueran cosas compradas aquí y allá para forzar una “feminidad” (entendida como lo tópico que nos tiene que gustar a todas las mujeres) de la que se carece; porque todas ellas formaban un ambiente con bastante armonía y coherencia decorativa.
No sé por qué, pero me salió preguntarle si era realmente su casa. “Sí, claro”. “¿Vives con alguien?”. “No, ya te he dicho que vivo sola”.
No tenía por qué dudar de su palabra, pero no me cuadraba que ella viviera en esa casa.
La cabeza me daba vueltas y a la vez que le preguntaba por el cuarto de baño, me dejé caer en un sillón. Ella se quitó el abrigo y fue, rápida, a la cocina para prepararme un café.
Cuando me despertó con un golpecito en el hombro, había dos tazas y un plato de galletas en la mesita. Empecé a tomarme el café con cuidado de que no cayera nada en la alfombra, porque no tenía casi fuerzas en la mano. Lo bebí bastante rápido y después me levanté, me quité el abrigo y fui al baño. Sólo al volver, tuve fuerzas para darle las gracias y preguntarle si no le molestaba que me quedara un poco hasta que me recuperara.
“No tiene importancia: a mí también me apetecía un café”.
Y mientras se levantaba del sofá, donde estaba, añadió: “Preferiría que te quedaras hasta mañana. No son horas para que te vayas sola a casa, y a mí no me apetece acompañarte” Al terminar de hablar, ya estaba casi encima de mí y me besó con fuerza.
Traté de evitarla, pero ya me había abrazado y tenía más fuerza que yo. Me soltó rápidamente y me levanté desorientada y molesta. “Creo que te has equivocado conmigo. Me voy”. Volví a ponerme el abrigo para marcharme y ella fue detrás de mí, pidiéndome perdón. Le dije que no había nada que perdonar, que estaba olvidado: no había pasado nada.
Sin embargo, no sé por qué, ella volvió a besarme y entonces no me resistí. Me desabrochó el abrigo, casi haciendo saltar los botones, y por debajo de él me abrazó con fuerza por la cintura. Después, siguió besándome mientras me sujetaba la cabeza y metía sus dedos entre mi pelo. Fue arrastrándome hasta el sofá, donde me tumbó con fuerza y fue desnudándome con cierta brusquedad. Yo le seguía el juego, pero estaba algo aturdida y torpe. Por eso no consentía que yo la desnudara y lo hizo ella, de forma rápida. De repente, paró y casi me ordenó: “Vámonos a la habitación: será más cómodo”.
En todo momento parecía querer dominar la situación. Yo, apenas podía hacer nada. Cuando encontraba la forma de devolverle alguna caricia, me hacía cambiar de postura, para seguir llevando la iniciativa. Pronto me di por vencida: tenía más experiencia, más autoridad y más fuerza que yo y la cabeza no dejaba de darme vueltas. Decidí abandonarme t disfrutar lo que pudiera. Aunque yo me había acostumbrado con Carmen a juegos lentos, entrecortados y recíprocos que se prolongaban toda una tarde, tengo que reconocer que la forma de hacerlo de Milagros, algo violenta y sin concesiones al relajo, me hizo gozar mucho. Antes de llegar al orgasmo, recuerdo que estaba boca arriba con los brazos y las piernas abiertas, mareada, tratando de no caerme de la cama porque las paredes de la habitación giraban sobre mí. Después ya no recuerdo nada más.
Nunca habría imaginado que disfrutaría tanto con esa forma como Milagros me hizo el amor. (No sé si puede llamarse a esas prácticas "hacer el amor"; pero "me lo hizo" sin darme oportunidad a que yo hiciera nada)

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lunes, enero 26, 2009

Escapando del penúltimo

No sé si como consecuencia de la desinhibición del alcohol o de impulsos reprimidos, la mayoría de las prendas que había que pagar cuando se perdía la ronda del penúltimo eran de tonteo sexual: tocar el culo, la bragueta, darse un beso, insinuar sin enseñar...
Yo lo veía un poco ridículo, pero como parecía que ellos se divertían así y yo era la ajena al grupo, lo dejé pasar. Como nunca fui la última, no me tocó decidir ninguna prenda. Pero las tres veces que me tocó pagar lo hice bastante cortada. La primera, fue acariciar insinuantemente la espalda de uno de los chicos por debajo de la camisa: me hice la torpe a propósito, aunque el ponía caras y los demás jaleaban. La segunda vez una de las chicas más jóvenes del grupo (aunque ya tenía más de treinta años) me mandó dar un pico a otra mujer de unos cuarenta años, aspecto algo masculino y que podría ser lesbiana. Me quedé totalmente cortada porque me sentí descubierta a pesar de que nadie tenía por qué saber nada, ni siquiera Catya, con quien no he hablado nada del tema. Quise pensar que formaba parte de una tonta provocación, porque también uno de los chicos (que no parecía nada gay) había tenido que besarse con otro entre risas y burlas del grupo. Cumplí, como pude, sin demasiado interés y ella, ruborizada, hizo lo mismo. La tercera vez que perdí, me mandaron sopesar dos braguetas y decidir cuál me parecía mejor.
La verdad es que el jueguecito me pareció bastante ridículo para quienes se supone que tienen una edad mental superior a la mayoría de edad legal. Quienes sigan este blog, ya sabrán que en otras ocasiones me ha llamado la atención la infantilización generalizada de la sociedad.
Al final del juego, la mayoría no estaba en condiciones de conducir y Catya parecía que estaba a punto de enrollarse con uno de sus compañeros (que, por cierto, a mi no me parecía ni el más guapo ni el más simpático). Me aparté un poco del grupo para tratar de despistarme y coger un taxi, pero la cabeza me daba muchas vueltas y me tuve que apoyar en un coche.
Al cabo de un rato, se acercó Milagros, la mujer a la que tuve que besar en el juego y me preguntó si me encontraba bien. Le dije que sí, que iba a coger un taxi. Pero ella se ofreció a llevarme: no había bebido nada en la cena y sólo un poco durante el juego, para poder coger el coche y volver a Madrid. Tuve que decidir entre fiarme de ella o de montarme sola y mareada con cualquier taxista. Al final me fui con ella. Aunque yo no iba en las mejores condiciones, me di cuenta de que tenía una conversación agradable y (lo que más agradecí) sin incoherencias alcohólicas.
A mitad de camino, tuvo que parar porque me entraron unas náuseas horribles. En algún momento debí de plantearme el inconveniente de llegar borracha a casa y Milagros me ofreció que podía quedarme en su casa hasta que se me pasara un poco, y después acercarme a la mía, que no quedaba lejos. Me pareció buena idea meter la cabeza debajo del grifo y tomarme un café solo.
Descubre cómo terminé "desorientada y confundida".

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viernes, enero 23, 2009

Invitada a una cena de solteros

A pesar de haber acabado en la Facultad, sigo manteniendo el contacto con Catya. Gracias a ella, he podido realizar algún cursito de especialización y me ha facilitado algunos contactos para hacer entrevistas de trabajo.
En Navidades, me invitó a una cena que tenía con compañeros del instituto. (“La mayoría son solteros y divorciados. Quizá te salga novio”, me dijo bromeando). Al final se juntaron unos veinte y, excepto un matrimonio y otra mujer casada, creo que todos eran solteros y divorciados. No me podía imaginar que hubiera tanta gente suelta en un grupo de trabajo. Catya me dijo que hay muchos profesores que no están casados o que, estándolo, no tienen hijos. Debe de ser que están hartos de cuidar niños y no quieren seguir la labor en casa. Pero pienso yo que eso puede suponer un distanciamiento de los problemas e inquietudes reales de los chicos y chicas a los que después tienen que enseñar.
También me extrañó el comportamiento un tanto inmaduro que tenían algunos de ellos. No sé si por esa falta de responsabilidades familiares o porque, para sentirse más cerca de los adolescentes, tratan de imitarlos.
Hicieron el amigo invisible, que ya he dicho lo que me parece porque fue lo que me motivó a escribir el anterior comentario. Y para colmo, no lo hacían de la forma que yo conocía, sino que cada uno llevaba un regalo sin saber para quién era. Sacaban papelitos con números secretos y los pegaban a su paquete, que debía ser una caja de zapatos y estar envuelto ese papel marrón de embalaje. Después sacaban papelitos en los que estaban el nombre de cada uno: el primer nombre que salía se llevaba el paquete 1, el segundo, el paquete 2, etc. La mayoría de los paquetes contenían las consabidas chorradas, y me alegré muchísimo de no haber participado por no pertenecer a ese selecto grupo.
Al salir del restaurante, nos fuimos a un pub en el que la muchos eran conocidos, porque algunos viernes quedaban allí. Me di cuenta de que poco a poco me fui convirtiendo en el centro de interés de algunos de ellos y pensé que Catya me había preparado una encerrona como “carne fresca” de cuarentones. No sabía si decírselo, porque la verdad es que ella procuraba en todo momento integrarme y que me sintiera cómoda y, por otro lado, el acoso no era muy evidente, parecía un tonteo de adolescentes, excepto el de uno de ellos, a quien otro le llamó la atención y le dijo que no fuera patoso. En ningún momento me faltó una copa en la mano y me la traían antes de que me hubiera acabado la anterior. También empecé a notar ciertos celos entre las mujeres, por lo que traté de hacerme la simpática con ellas y huir de los hombres.
Como fin de fiesta, al ir a recoger los coches, organizaron un mini botellón con bebidas que habían llevado dos de ellos. Empezaron a jugar a lo que llamaban “el penúltimo”: en corro, se iba pasando un vaso grande con bebida, cada uno daba un sorbo más o menos largo y perdía quien hubiera bebido antes del que se acababa el vaso. Parecían bastante expertos en el juego y me tocó perder tres veces, por mi inexperiencia y porque, con lo que ya había bebido no me atrevía a dar tragos muy largos para hacer perder a quien me hubiera tocado a mi izquierda.
A pesar de que tenía un buen punto, me empecé a preocupar por cómo iba a volver a casa, porque Catya, que me tenía que llevar, ya no estaba en condiciones de conducir. Y los que durante la noche, en los tonteos, se habían ofrecido a llevarme y dejar plantada a Catya también estaban bastante bebidos.

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lunes, enero 19, 2009

Amigo invisible

El amigo invisible me parece una absurda moda que parece tener cada día más seguidores, pero con la que casi todo el mundo queda decepcionado. Mi opinión sobre esta práctica queda clara si digo que yo la llamo “el enemigo invisible".
Creo que buena parte de la decepción procede del hecho de que no te suele tocar regalar a la persona que más te apetece, que se fija un límite de gasto porque se asume que el regalo es más una obligación que un placer y que hay personas que aprovechan para ajustar cuentas con el regalado.
El amigo invisible se hace en grupos cuya cohesión es muy endeble y no hay una verdadera relación de afecto entre las personas: Sin embargo, el consumismo parece haber impuesto que se deben hacer regalos. Por otra parte, lo que veo es que los mayores partidarios de esta idiotez son quienes quieren parecer muy sociables, pero que, en realidad, carecen de relaciones afectivas sólidas. En algún caso, me consta, este tipo de regalos es el único que reciben.
Ya dije en otra ocasión que me resulta decidirme por los regalos, aunque a menudo me apetece mostrar mi afecto a alguna persona con un pequeño obsequio. Si el regalo me asalta en un escaparate o en una tienda, no tengo dudas: el flechazo suele darme resultado. Pero si tengo que regalar por un cumpleaños o por otra ocasión especial, me falla la decisión, porque querría acertar siempre, dar el en centro de la diana. Por eso, me sienta tan mal ver que muchas personas regalan cualquier tontería, sin pensar en el destinatario.

Algunos de los peores regalos que he visto han sido:

Una vela gigante de forma indefinible, color fucsia y que al encenderla apestó todo el local.
A Luis, al poco de que rompiera con una chica, le regalaron un libro de autoayuda para ligar, con recomendaciones absurdas y anticuadas porque era del año ochenta y tantos. Alguien estaba limpiando sus estanterías o lo había encontrado en algún saldo.
A Aurora, al año siguiente de casarse, le regalaron un delantal con el dibujo de un hombre desnudo y una nota que decía: “para una mujer necesitada”.
Un azulejo con el lema: “Quien de joven no trabaja, de viejo duerme en la paja”. El destinatario fue un compañero de la facultad que estaba en paro y necesitaba trabajar.
Una funda de ganchillo para móvil, que le tocó el año pasado a Maribel, ella que siempre lleva un móvil de lo más moderno y elegante. (Alguien comentó que la funda parecía un condón)
Un tanga rojo con trompa de elefante, a mi amiga Isabel. Supongo que esto, tendría más gracia para un chico, ¡pero para Isabel!
Muñeco infantil con una horrible voz que dice: “hola, dame un besito”.
Una jarra de cerveza con el asa en forma de pene, que le tocó a mi hermana Paula.

Si no queda más remedio que participar en algo parecido al amigo invisible, yo sería más partidaria de poner una pequeña cantidad entre todos y sortear a quién regalarle algo bonito. Según el tamaño del grupo, el número de afortunados sería uno, dos, tres... Podría llamarse "el amigo afortunado, elegido, del año..."

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viernes, enero 16, 2009

Y lo peor de la Navidad

Siempre procuro ver los dos lados de la moneda y, por supuesto, de los días navideños también. Por eso, aquí dejo lo que no me gusta de estos días pasados:
  1. No haber podido reunir a toda mi familia.
  2. Tener que aguantar comentarios cruzados en las reuniones.
  3. Los empachos y resacas de las celebraciones.
  4. Recibir llamadas o felicitaciones de viejas amigas felizmente olvidadas.
  5. Recibir absurdos mensajes en el móvil o un crisma con un bebé vestido de Papa Noel (que sólo resulta guapo para su madre).
  6. Salir a comprar regalos con fecha fija.
  7. Soportar los insoportables villancicos de los grandes almacenes.
  8. Sentirme presionada para demostrar mi generosidad en esas fechas: desde las tiendas que suben los precios, hasta el mendigo adornado con el gorro de Papa Noel, y pasando por las ONG culpabilizadoras.
  9. Tener que participar en el absurdo enemigo invisible (perdón, quería decir “amigo invisible”).
  10. Que después vienen las rebajas, en las que no encontraré nada, porque sólo sacan los saldos de hace años.

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miércoles, enero 14, 2009

Lo mejor de la Navidad

En diciembre, cualquiera que necesite hacerse el interesante puede despotricar contra la Navidad, el consumismo, las reuniones familiares, su hipocresía... En verdad, creo que lo único que buscan es justificar que son ellos los que no tienen motivos de alegría o simplemente que no les gusta el ambiente navideño. Me parece muy bien, pero no tienen por qué atacar a quienes sí tenemos razones para disfrutar esos días. Ahora que ya han pasado, tengo tiempo para decir:

LO QUE ME GUSTA DE LA NAVIDAD?
  1. El esfuerzo que todos hacemos por reunirnos con la familia y amigos.
  2. Gozar de su alegría sincera y del encuentro imposible en otras fechas.
  3. Disfrutar con las comidas hechas con cariño y esfuerzo y con el buen vino abierto para la ocasión.
  4. Recibir la felicitación sincera de una amiga que creía perdida por mi torpeza.
  5. Sorprender a las viejas y queridas amigas con una bonita felicitación.
  6. Tratar de encontrar un buen regalo para las personas que me importan.
  7. Ver la cara de felicidad de los niños y escuchar sus peticiones cuando pasa la Cabalgata de Reyes.
  8. Tener una excusa para ser generosa y amable sin pasar por tonta.
  9. Intercambiar regalos el Día de Reyes con la gente que quiero.
  10. Recuperar mi vida normal después de guardar los adornos navideños.

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