¿El control de natalidad es progresista?
El debate estaba planteado para defender esta postura, con dos tertulianas que la defendían (Pilar Rahola y Espido Freire) frente a un solo tertuliano (Juan Manuel de Prada), y filtrando las llamadas para dar prioridad a los favorables del control de natalidad y presentar a los contrarios a ese control como defensores de posturas religiosas conservadoras.
A lo largo de la discusión Pilar Rahola, de ideas progresistas, afirmó que ella sólo ha tenido un hijo biológico y concienciada de que la demografía era un problema prefirió adoptar otros dos hijos. Según ella, no deberíamos tener una visión reducida y preocuparnos de que hay pocos europeos porque en el mundo hay mucho niños que se pueden adoptar. Llegó a afirmar que fue “una suerte para el planeta que los chinos no permitieran tener más de un hijo, porque, si no, ahora serían el doble”.
Por su parte, Juan Manuel de Prada defendió (como era natural) la postura de que tener hijos no era irresponsable. Aunque suele basar sus opiniones conservadoras en argumentaciones con olor a incienso catedralicio, en esta ocasión defendía su postura con argumentos de tipo económico y social: los recursos del planeta pueden alimentar a mucha más población; el problema es que la riqueza está muy mal repartida y los ricos consumimos demasiados recursos.
Yo estoy de acuerdo con la postura teóricamente “conservadora”.
Antes de seguir, aclaro que yo no soy religiosa y aborrezco tanto la moralina religiosa como su intento de controlar los comportamientos de la sociedad según criterios religiosos. Por eso no estoy de acuerdo con que determinadas opciones morales o éticas (que no tienen por qué depender de la religiosidad) son secuestradas por la estructura eclesiástica y (peor aún) no entiendo que desde posturas anticlericales (o antirreligiosas) se cree una falacia para adjudicar esas opciones a los más reaccionarios y, por tanto,, cualquiera que defienda esa opción quede convertido en carca.
En el informe previo a la discusión no se dijo nada del consejo de Porrit al Gobierno inglés y que sí aparece en la información de la que parte el debate: que mejore la planificación de la familia incluso si eso significa “desviar dinero destinado a curar la enfermedad, para aumentar la anticoncepción y el aborto”. Supongo que así es más fácil controlar el crecimiento demográfico: a la vez que se limita la natalidad, se aumenta la mortalidad gracias a los enfermos no atendidos. Estos enfermos condenados a muerte serían fundamentalmente pobres o de clase media que no alcanzan a costearse los costosos tratamientos médicos que ahora financia la sanidad pública. Es muy progresista reducir el número de pobres, pero yo pensaba que debía hacerse facilitando el acceso a los recursos económicos, no acelerando su muerte.
Para este gurú del ecologismo lo principal es el número de habitantes, no el consumo racional de los recursos, que no menciona.
Es muy habitual oír que debe limitarse la natalidad en los países pobres, porque “los padres no pueden alimentar a tantos hijos”. Se olvida que quizá los hijos son la única inversión que está al alcance de los pobres. Se olvida que una prole numerosa supone jugar más números en una macabra lotería cuyo premio es alcanzar la temprana vejez con algún hijo vivo que pueda mantenerlos y cuidarlos. Un aumento del nivel de vida y de la esperanza de vida suele conllevar una menor natalidad.
Reconozco el valor y respeto la decisión de quienes adoptan un hijo en los países pobres. La adopción me puede parecer bien para quienes deseen realizar su instinto de maternidad o paternidad y no pueda conseguirlo mediante la reproducción biológica. Pero, cuando oigo: “con nosotros tendrá una vida mejor”, no puedo dejar de imaginarme la compra de un pedacito de cielo (religioso o laico) gracias a una obra benéfica, que ha costado más de 10.000 euros. Menos aceptable me parece la postura de quien se plantea: “¿Por qué voy a a tener un hijo, si sobran niños en el mundo? Puedo adoptar”; y siempre negarán en público que íntimamente llegan a decirse: “¿Para qué me voy a complicar la vida con una pareja (si no la tengo), con un embarazo, con un parto, con un recién nacido… si puedo ir al mercado y traérmelo puesto?”. No deja de ser el mismo planteamiento que se hacen los economistas más liberales: “¿Para qué vamos a producir en los países ricos, si nos sale más barato producir en los países pobres?”
Curiosamente, el tertuliano conservador propugna un mejor reparto de la riqueza y un consumo más racional.Hoy, los recursos naturales están más amenazados por el derroche de los ricos que por las necesidades reales de la población total.
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