Besos.
He leído que, durante los Juegos Olímpicos de Pekín, besarse en público será considerado un delito. Creo que responde más a un titular sensacionalista que a la realidad, ya que son los ordenadores que analizan las imágenes de las cámaras de seguridad los que clasifican ese acto como sospechoso de peligro y lo remiten a los guardias, para que decidan.No obstante, es curioso que quien haya programado dichos ordenadores haya incluido un gesto afectuoso universal, entre los indicadores de peligro. La mayor o menor discreción del beso, su intensidad, la parte del cuerpo besada y otras circunstancias sí dependen de la cultura en que nos hayamos educado, pero los besos universalmente tienen un valor afectivo. Se podría decir que existe el “beso de Judas”: cierto. Pero el que exista, confirma la necesidad de que un beso transmita afecto, y si no lo hace se produce la traición.
Podríamos aplicar el sambenito de que los chinos están atrasados o anticuados por ver mal el beso en público (se supone que es el beso en los labios)
Pero en nuestra cultura hasta hace no muchos años las parejas heterosexuales no se besaban públicamente en los labios; más recientes son aún los besos públicos entre homosexuales. Hoy, muchas personas siguen manteniendo reparos a besarse en público. La mayoría de los hombres se niegan a saludar a otros hombres con besos en las mejillas, aun cuando se trate de familiares. He comprobado cómo algunos chicos adolescentes marcan su reciente “hombría” renunciando a besar a su padre, a sus hermanos y por supuesto a sus tíos, abuelos... También hay dudas sobre su utilización en las relaciones formales entre hombres y mujeres e incluso entre mujeres y mujeres. Todavía llama la atención ver cómo una ministra y otro político se plantan un par de besos en un acto oficial protocolario.Yo misma, que soy muy besucona en mis relaciones familiares y, no digamos, en mis relaciones amorosas, encuentro bastante incomodidad cuando algunos hombres, con los que sólo tengo una relación académica o de cierto conocimiento superficial, me saludan o despiden con besos.
Por cierto, que durante la ausencia en el blog, yo he derrochado muchos besos sobre la piel de Carmen, casi tantos como los que he recibido de ella.
Y quien lee esto ¿derrocha o administra con tacañería sus besos?
(La misma noticia informa de que a los chinos les parece de peor gusto besarse en público que escupir.)
Fotografía "El beso del Hôtel de Ville" de Robert Doisneau.
Portada del libro “¿Por qué nos damos besos?" de Carmen Gil. Ediciones Parramón.








