Desorientada y confundida.
Ya dije que ella tenía un aspecto algo masculino y sus movimientos también lo acentuaban. Parecía brusca, incluso en la forma de conducir. Su forma de vestir era muy sobria (pantalón vaquero sin demasiada gracia, jersey negro y zapatos planos unisex), no llevaba nada de maquillaje, ni usaba complementos ni adornos. En cambio, la casa estaba llena de detalles de gusto refinado y, con algunas cosas que, incluso a mí, me resultaban bastante pijas e incluso cursis. No me parecía que fueran cosas compradas aquí y allá para forzar una “feminidad” (entendida como lo tópico que nos tiene que gustar a todas las mujeres) de la que se carece; porque todas ellas formaban un ambiente con bastante armonía y coherencia decorativa.
No sé por qué, pero me salió preguntarle si era realmente su casa. “Sí, claro”. “¿Vives con alguien?”. “No, ya te he dicho que vivo sola”.
No tenía por qué dudar de su palabra, pero no me cuadraba que ella viviera en esa casa.
La cabeza me daba vueltas y a la vez que le preguntaba por el cuarto de baño, me dejé caer en un sillón. Ella se quitó el abrigo y fue, rápida, a la cocina para prepararme un café.
Cuando me despertó con un golpecito en el hombro, había dos tazas y un plato de galletas en la mesita. Empecé a tomarme el café con cuidado de que no cayera nada en la alfombra, porque no tenía casi fuerzas en la mano. Lo bebí bastante rápido y después me levanté, me quité el abrigo y fui al baño. Sólo al volver, tuve fuerzas para darle las gracias y preguntarle si no le molestaba que me quedara un poco hasta que me recuperara.
“No tiene importancia: a mí también me apetecía un café”.
Y mientras se levantaba del sofá, donde estaba, añadió: “Preferiría que te quedaras hasta mañana. No son horas para que te vayas sola a casa, y a mí no me apetece acompañarte” Al terminar de hablar, ya estaba casi encima de mí y me besó con fuerza.
Traté de evitarla, pero ya me había abrazado y tenía más fuerza que yo. Me soltó rápidamente y me levanté desorientada y molesta. “Creo que te has equivocado conmigo. Me voy”. Volví a ponerme el abrigo para marcharme y ella fue detrás de mí, pidiéndome perdón. Le dije que no había nada que perdonar, que estaba olvidado: no había pasado nada.
Sin embargo, no sé por qué, ella volvió a besarme y entonces no me resistí. Me desabrochó el abrigo, casi haciendo saltar los botones, y por debajo de él me abrazó con fuerza por la cintura. Después, siguió besándome mientras me sujetaba la cabeza y metía sus dedos entre mi pelo. Fue arrastrándome hasta el sofá, donde me tumbó con fuerza y fue desnudándome con cierta brusquedad. Yo le seguía el juego, pero estaba algo aturdida y torpe. Por eso no consentía que yo la desnudara y lo hizo ella, de forma rápida. De repente, paró y casi me ordenó: “Vámonos a la habitación: será más cómodo”.
En todo momento parecía querer dominar la situación. Yo, apenas podía hacer nada. Cuando encontraba la forma de devolverle alguna caricia, me hacía cambiar de postura, para seguir llevando la iniciativa. Pronto me di por vencida: tenía más experiencia, más autoridad y más fuerza que yo y la cabeza no dejaba de darme vueltas. Decidí abandonarme t disfrutar lo que pudiera. Aunque yo me había acostumbrado con Carmen a juegos lentos, entrecortados y recíprocos que se prolongaban toda una tarde, tengo que reconocer que la forma de hacerlo de Milagros, algo violenta y sin concesiones al relajo, me hizo gozar mucho. Antes de llegar al orgasmo, recuerdo que estaba boca arriba con los brazos y las piernas abiertas, mareada, tratando de no caerme de la cama porque las paredes de la habitación giraban sobre mí. Después ya no recuerdo nada más.
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