Invitada a una cena de solteros
A pesar de haber acabado en la Facultad, sigo manteniendo el contacto con Catya. Gracias a ella, he podido realizar algún cursito de especialización y me ha facilitado algunos contactos para hacer entrevistas de trabajo.
En Navidades, me invitó a una cena que tenía con compañeros del instituto. (“La mayoría son solteros y divorciados. Quizá te salga novio”, me dijo bromeando). Al final se juntaron unos veinte y, excepto un matrimonio y otra mujer casada, creo que todos eran solteros y divorciados. No me podía imaginar que hubiera tanta gente suelta en un grupo de trabajo. Catya me dijo que hay muchos profesores que no están casados o que, estándolo, no tienen hijos. Debe de ser que están hartos de cuidar niños y no quieren seguir la labor en casa. Pero pienso yo que eso puede suponer un distanciamiento de los problemas e inquietudes reales de los chicos y chicas a los que después tienen que enseñar.
También me extrañó el comportamiento un tanto inmaduro que tenían algunos de ellos. No sé si por esa falta de responsabilidades familiares o porque, para sentirse más cerca de los adolescentes, tratan de imitarlos.
Hicieron el amigo invisible, que ya he dicho lo que me parece porque fue lo que me motivó a escribir el anterior comentario. Y para colmo, no lo hacían de la forma que yo conocía, sino que cada uno llevaba un regalo sin saber para quién era. Sacaban papelitos con números secretos y los pegaban a su paquete, que debía ser una caja de zapatos y estar envuelto ese papel marrón de embalaje. Después sacaban papelitos en los que estaban el nombre de cada uno: el primer nombre que salía se llevaba el paquete 1, el segundo, el paquete 2, etc. La mayoría de los paquetes contenían las consabidas chorradas, y me alegré muchísimo de no haber participado por no pertenecer a ese selecto grupo.
Al salir del restaurante, nos fuimos a un pub en el que la muchos eran conocidos, porque algunos viernes quedaban allí. Me di cuenta de que poco a poco me fui convirtiendo en el centro de interés de algunos de ellos y pensé que Catya me había preparado una encerrona como “carne fresca” de cuarentones. No sabía si decírselo, porque la verdad es que ella procuraba en todo momento integrarme y que me sintiera cómoda y, por otro lado, el acoso no era muy evidente, parecía un tonteo de adolescentes, excepto el de uno de ellos, a quien otro le llamó la atención y le dijo que no fuera patoso. En ningún momento me faltó una copa en la mano y me la traían antes de que me hubiera acabado la anterior. También empecé a notar ciertos celos entre las mujeres, por lo que traté de hacerme la simpática con ellas y huir de los hombres.
Como fin de fiesta, al ir a recoger los coches, organizaron un mini botellón con bebidas que habían llevado dos de ellos. Empezaron a jugar a lo que llamaban “el penúltimo”: en corro, se iba pasando un vaso grande con bebida, cada uno daba un sorbo más o menos largo y perdía quien hubiera bebido antes del que se acababa el vaso. Parecían bastante expertos en el juego y me tocó perder tres veces, por mi inexperiencia y porque, con lo que ya había bebido no me atrevía a dar tragos muy largos para hacer perder a quien me hubiera tocado a mi izquierda.
A pesar de que tenía un buen punto, me empecé a preocupar por cómo iba a volver a casa, porque Catya, que me tenía que llevar, ya no estaba en condiciones de conducir. Y los que durante la noche, en los tonteos, se habían ofrecido a llevarme y dejar plantada a Catya también estaban bastante bebidos.
En Navidades, me invitó a una cena que tenía con compañeros del instituto. (“La mayoría son solteros y divorciados. Quizá te salga novio”, me dijo bromeando). Al final se juntaron unos veinte y, excepto un matrimonio y otra mujer casada, creo que todos eran solteros y divorciados. No me podía imaginar que hubiera tanta gente suelta en un grupo de trabajo. Catya me dijo que hay muchos profesores que no están casados o que, estándolo, no tienen hijos. Debe de ser que están hartos de cuidar niños y no quieren seguir la labor en casa. Pero pienso yo que eso puede suponer un distanciamiento de los problemas e inquietudes reales de los chicos y chicas a los que después tienen que enseñar.
También me extrañó el comportamiento un tanto inmaduro que tenían algunos de ellos. No sé si por esa falta de responsabilidades familiares o porque, para sentirse más cerca de los adolescentes, tratan de imitarlos.
Hicieron el amigo invisible, que ya he dicho lo que me parece porque fue lo que me motivó a escribir el anterior comentario. Y para colmo, no lo hacían de la forma que yo conocía, sino que cada uno llevaba un regalo sin saber para quién era. Sacaban papelitos con números secretos y los pegaban a su paquete, que debía ser una caja de zapatos y estar envuelto ese papel marrón de embalaje. Después sacaban papelitos en los que estaban el nombre de cada uno: el primer nombre que salía se llevaba el paquete 1, el segundo, el paquete 2, etc. La mayoría de los paquetes contenían las consabidas chorradas, y me alegré muchísimo de no haber participado por no pertenecer a ese selecto grupo.
Al salir del restaurante, nos fuimos a un pub en el que la muchos eran conocidos, porque algunos viernes quedaban allí. Me di cuenta de que poco a poco me fui convirtiendo en el centro de interés de algunos de ellos y pensé que Catya me había preparado una encerrona como “carne fresca” de cuarentones. No sabía si decírselo, porque la verdad es que ella procuraba en todo momento integrarme y que me sintiera cómoda y, por otro lado, el acoso no era muy evidente, parecía un tonteo de adolescentes, excepto el de uno de ellos, a quien otro le llamó la atención y le dijo que no fuera patoso. En ningún momento me faltó una copa en la mano y me la traían antes de que me hubiera acabado la anterior. También empecé a notar ciertos celos entre las mujeres, por lo que traté de hacerme la simpática con ellas y huir de los hombres.
Como fin de fiesta, al ir a recoger los coches, organizaron un mini botellón con bebidas que habían llevado dos de ellos. Empezaron a jugar a lo que llamaban “el penúltimo”: en corro, se iba pasando un vaso grande con bebida, cada uno daba un sorbo más o menos largo y perdía quien hubiera bebido antes del que se acababa el vaso. Parecían bastante expertos en el juego y me tocó perder tres veces, por mi inexperiencia y porque, con lo que ya había bebido no me atrevía a dar tragos muy largos para hacer perder a quien me hubiera tocado a mi izquierda.
A pesar de que tenía un buen punto, me empecé a preocupar por cómo iba a volver a casa, porque Catya, que me tenía que llevar, ya no estaba en condiciones de conducir. Y los que durante la noche, en los tonteos, se habían ofrecido a llevarme y dejar plantada a Catya también estaban bastante bebidos.
Etiquetas: Contradicciones, Identidad, Vida




4 Comments:
Consecuencias de una deshinibicion prolongada...
Un saludo.
El autor ha eliminado esta entrada.
La próxima vez no vayas en coche, ríete, pásalo bien y no le des tantas vueltas.
Por curiosidad, ¿cómo volviste a casa?
Suele pasar, a mí, sin ir más lejos, lo mismo o parejo me ocurre cuando me encuentro con los antigüos alumnos de la Facultad y, a veces, los tenemos o me tienen que traer o llevar a casa.
Y lo que es más, muchos no se parecen en nada a lo que fueron, cada año rotando.
Un abrazo y gracias por tu visita y comentario, muy acertado.
Publicar un comentario en la entrada
<< Home