lunes, enero 26, 2009

Escapando del penúltimo

No sé si como consecuencia de la desinhibición del alcohol o de impulsos reprimidos, la mayoría de las prendas que había que pagar cuando se perdía la ronda del penúltimo eran de tonteo sexual: tocar el culo, la bragueta, darse un beso, insinuar sin enseñar...
Yo lo veía un poco ridículo, pero como parecía que ellos se divertían así y yo era la ajena al grupo, lo dejé pasar. Como nunca fui la última, no me tocó decidir ninguna prenda. Pero las tres veces que me tocó pagar lo hice bastante cortada. La primera, fue acariciar insinuantemente la espalda de uno de los chicos por debajo de la camisa: me hice la torpe a propósito, aunque el ponía caras y los demás jaleaban. La segunda vez una de las chicas más jóvenes del grupo (aunque ya tenía más de treinta años) me mandó dar un pico a otra mujer de unos cuarenta años, aspecto algo masculino y que podría ser lesbiana. Me quedé totalmente cortada porque me sentí descubierta a pesar de que nadie tenía por qué saber nada, ni siquiera Catya, con quien no he hablado nada del tema. Quise pensar que formaba parte de una tonta provocación, porque también uno de los chicos (que no parecía nada gay) había tenido que besarse con otro entre risas y burlas del grupo. Cumplí, como pude, sin demasiado interés y ella, ruborizada, hizo lo mismo. La tercera vez que perdí, me mandaron sopesar dos braguetas y decidir cuál me parecía mejor.
La verdad es que el jueguecito me pareció bastante ridículo para quienes se supone que tienen una edad mental superior a la mayoría de edad legal. Quienes sigan este blog, ya sabrán que en otras ocasiones me ha llamado la atención la infantilización generalizada de la sociedad.
Al final del juego, la mayoría no estaba en condiciones de conducir y Catya parecía que estaba a punto de enrollarse con uno de sus compañeros (que, por cierto, a mi no me parecía ni el más guapo ni el más simpático). Me aparté un poco del grupo para tratar de despistarme y coger un taxi, pero la cabeza me daba muchas vueltas y me tuve que apoyar en un coche.
Al cabo de un rato, se acercó Milagros, la mujer a la que tuve que besar en el juego y me preguntó si me encontraba bien. Le dije que sí, que iba a coger un taxi. Pero ella se ofreció a llevarme: no había bebido nada en la cena y sólo un poco durante el juego, para poder coger el coche y volver a Madrid. Tuve que decidir entre fiarme de ella o de montarme sola y mareada con cualquier taxista. Al final me fui con ella. Aunque yo no iba en las mejores condiciones, me di cuenta de que tenía una conversación agradable y (lo que más agradecí) sin incoherencias alcohólicas.
A mitad de camino, tuvo que parar porque me entraron unas náuseas horribles. En algún momento debí de plantearme el inconveniente de llegar borracha a casa y Milagros me ofreció que podía quedarme en su casa hasta que se me pasara un poco, y después acercarme a la mía, que no quedaba lejos. Me pareció buena idea meter la cabeza debajo del grifo y tomarme un café solo.
Descubre cómo terminé "desorientada y confundida".

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