jueves, agosto 21, 2008

Harta de dormir sola

Como os vengo contando, no sufro el verano en Madrid porque prefiero disfrutarlo. Aprovecho el tiempo que me dejan los estudios para hacer lo que en otros momentos no puedo por falta de tiempo, de intimidad en casa, para ver los Juegos Olímpicos (aunque por las tardes se repiten mucho los resúmenes), para pasear y hablar con las amigas...
Estos días estoy sola en casa (¡vaya, parece el título de una peli!), porque mi hermana y mi padre se han ido a Asturias de vacaciones y mi madre se ha vuelto con su familia a esas playas de Alicante, que tanto me gustan. ;-)
Y en la soledad de estas noches he empezado a echar de menos la compañía de alguien. ¡Hasta se me ha pasado por la cabeza hacer una llamadita a Carmen, pero NO!
Los paseos de verano son muy malos para alguien que está en abstinencia.
Se me van los ojos detrás de esa chica menuda y estirada que anda con los hombros hacia atrás y los pechos hacia arriba. O detrás de esa jovencita se cintura estrecha y caderas redondeadas que se balancean al andar. O se paran en el escote de vértigo que aparece cuando, en el metro, bajas la mirada.
Y parezco tan desesperada que hasta se me echa a volar la imaginación cuando aparece Maribel con sus siempre marcados pezones en la camiseta ajustada. ¡Pero eso no puede ser! A Maribel sólo le gustan los chicos, siempre hablando de alguno, a pesar de que ninguno le convence, a pesar de que ninguno le conviene, a pesar de que todos se la juegan. Por imaginarme, me imagino hasta con Cati. ¡Tan señora y elegante ella, que debe quitarse los hombres a pares!
Pero es que las noches son muy largas cuando hace mucho tiempo que no besas ni abrazas un cuerpo de deseo.
¡A ver si Pauline me dice dónde comprar esta camiseta!

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lunes, agosto 18, 2008

Sigo mi verano en Madrid

Este fin de semana, el fresco que ha hecho en Madrid me ha fastidiado la piscina. ¡Para que luego digan del calor asfixiante de Madrid!
Habíamos quedado Maribel y yo con Cati, pero tuvimos que anularlo, porque el sábado no hacía día de piscina. Al final quedamos para comer en el Gino’s y después Cati nos invitó a tomar el café en su casa, donde sufrimos con la paliza que nos dieron los americanos en baloncesto ¡Menos mal que el resultado del partido no va a servir para mucho!
También disfrutamos mucho Maribel y yo, cotilleando en la magnífica biblioteca de Cati. Se ve que le encanta la Literatura y tiene algunos libros realmente magníficos, aunque no se considera bibliófila y dice que los libros excepcionales que tiene los ha conseguido por casualidad o han sido regalos. Le gustan los libros por lo que contienen, pero no por lo que son, y reconoce que guardar libros que nunca va a volver a leer ni consultar no deja de ser una forma de fetichismo.
Cuando, ya tarde, nos fuimos, tanto Maribel como yo íbamos pensando que, de mayor, querríamos parecernos un poco a Cati: culta, independiente, entusiasta, con una bonita casa en la que refugiarte del mundo...

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lunes, agosto 11, 2008

Respeto para la elección de cada mujer

Hace un par de semanas, Javier Marías publicó un artículo titulado “Siglos de desperdicio”. Presentaba en él una visión negativa de la vida de las mujeres que han dedicado su vida a ser amas de casa, y creo poder resumirlo en sus frases últimas: “Imaginar hoy a una mujer que por elección no trabaje, o sin vida propia, produce bostezos, y se los debe de producir ella a sí misma. Cuántos siglos de sacrificio imbécil y de desaprovechamiento. Cuántos de desperdicio.”
En respuesta a él, el País Semanal de ayer domingo publicó tres cartas de sendas mujeres.
La primera está escrita por una mujer que se considera hija de una de esas mujeres que hizo el “sacrificio imbécil”. Valora la vida de esas mujeres, su dedicación, y considera que no desperdiciaron su vida, porque la dedicaron, aun a costa de su sacrificio, a educar a sus hijos, que son los que ahora están en la edad de educar a los suyos. En este aspecto, cree que lo hicieron mejor de lo que ahora se hace.
La autora de la segunda carta, que se identifica a sí misma y a las mujeres de las que se ha rodeado como “listas y divertidas, nosotras sí asomamos la cabeza y no permitimos que nadie trabajara por nosotras”, considera a las que no son como ellas “señoras sin horizonte, sin opinión, señoras que no ven más allá de la limpieza de sus suelos, pero sin embargo convertidas muchas veces por la opinión pública en heroínas”.
La tercera mujer sí identifica su situación con la descrita por Javier Marías, pero no se considera “insulsa ni aburrida”, y afirma que no es que “carezca de cultura, conocimientos, opinión, inteligencia o capacidad para realizar otro trabajo, simplemente ha hecho una elección en su vida, sin que por esto sea menos libre o realizada que otra mujer que trabaje fuera de casa.”
Por supuesto que yo no pienso buscar un marido y dedicarme a cuidar de los hijos en casa. Espero encontrar un empleo que me permita ganarme la vida haciendo algo que me satisfaga. Pero esto no me permite afirmar que otra mujer no pueda ser feliz y “lista y divertida”, renunciando al trabajo remunerado para cuidar de su familia.
¡Cuántos tontos están trabajando! ¡Cuántos empleos alienantes, agotadores, aburridos... existen! Una diferencia que aún veo entre hombres y mujeres es que ellos reconocen claramente que trabajan por obligación (económica y social: no está ni siquiera permitido que un hombre no trabaje). En cambio las mujeres, aunque lo hagamos por absoluta necesidad económica, casi siempre la encubrimos con la excusa de “trabajo para realizarme, para ser independiente y no depender de nadie, para salir y no estar encerrada...”
El conseguir que las mujeres no tengan obstáculos para poder trabajar de forma remunerada es un gran avance social. Pero, como ya traté de exponer en otra ocasión, el que sea una imposición social y económica tanto para hombres como para mujeres, es el triunfo del capitalismo. Halagando la liberación social de las mujeres, para que nos incorporemos masivamente al mercado laboral, en pocos años han duplicado la mano de obra disponible para abaratar los salarios. Hubiera preferido que la liberación hubiera ido por mantener los salarios e incentivar la ruptura de los estereotipos de división del trabajo dentro de la familia: seguramente en muchas familias sólo trabajaría uno de los cónyuges (hombre o mujer) mientras el otro dedicaba a los hijos el tiempo que necesitan y se merecen.
Las familias son la sociedad entera, pero en pequeño. Hay una división de trabajo, que si es aceptada libremente, no tiene por qué ser negativa. Si el tiempo es dinero, los padres (padre y madre) que no puedan dedicar tiempo al cuidado de sus hijos (porque lo dedican a ganar dinero) tendrán que dedicar parte de éste a pagar para que los cuiden. La diferencia monetaria entre lo ganado y lo gastado equivaldrá al tiempo que los hijos no han estado atendidos o a una merma en la calidad del cuidado.

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jueves, agosto 07, 2008

Opiniones enfrentadas.

En mi proceso por tratar de entender lo que les ha pasado a mis padres, he hablado mucho con ellos; les he preguntado directamente por aquello que yo sentía que pasaba, pero que no había oído de sus bocas. Me ha costado trabajo que concretasen los mutuos reproches, pero creo que lo he conseguido. En este artículo, enfrento sus opiniones (prácticamente literales) sobre varios asuntos:
Él siempre justifica a los demás. Está claro quién tiene la razón.
Ella nunca trata de entender por qué los demás actúan como lo hacen. Todos tenemos nuestra parte de razón.

Todo lo que hemos hecho, ha sido de acuerdo entre los dos.
En casi todo lo que hemos hecho, he terminado cediendo por no discutir.

Él no demuestra interés por nada. No propone nada nuevo.
Todo lo que me interesa, a ella le parece absurdo. Encuentra pegas a todo lo que propongo.

A él no le gusta ir conmigo de compras. No sale ni a comprar ropa para él ¡No tiene nada!
Estoy harto de ir de compras con ella. Siempre necesita algo. ¡Tiene tres armarios llenos de trapos!

Él habla muy poco en casa, pero con la gente no para.
Cuando le cuento algo, ella no me escucha.

Cuando él se enfada, se calla.
Cuando ella se enfada, grita e insulta.

Él preocupa demasiado por los problemas de su familia. Es el tonto de su familia.
Para ella, cualquier tontería que me pide su familia es algo razonable. Aunque me sienta tonto, termino haciéndolo, porque no dejan de ser la familia de mi mujer y mis hijas.

Él se guarda muchos secretos de su familia y amigos, que no me cuenta.
A ella no puedo contarle mis problemas con mi familia y amigos, porque termina insultándolos.

Mis hijas están mejor con mi familia que con la suya, en la que todos son unos imbéciles.
Cada familia tiene sus cosas, pero mis hijas deben disfrutar de las dos.

Si su familia no viene a nuestra casa, es porque no quieren.
Cada vez que trato de invitar a mi familia, discutimos. Si vienen, ella les pone mala cara.

Trabaja demasiado y no me ayuda en casa.
Me gustaría trabajar menos, pero ella nunca ha tratado de buscar un empleo y le gustan demasiado los caprichos.

El tiene toda la culpa de lo que nos ha pasado.
No hemos sabido solucionar nuestros problemas.
Como se ve, pueden resumirse en problemas de incomunicación, toma de decisiones y conflictos familiares.

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martes, agosto 05, 2008

Mi agosto en Madrid

De vuelta en Madrid, he quedado un par de noches con Isabel, a quien su príncipe se le ha escapado unos días de vacaciones.
Ahora estoy en la situación en que ella vivió durante muchos años: ella con su padre viudo; ahora yo con el mío separado (o abandonado, según se mire). Y sin embargo, ahora que lo pienso, mi comparación es absurda: ella perdió a su madre y yo, no; ella perdió hace poco a su padre y yo sigo con él.
Podría borrar la comparación anterior, porque estoy arrepentida de haberla hecho. Pero la dejo porque a alguien le puede servir para reflexionar. Todo el mundo piensa que su desgracia es mayor que la de cualquier otra persona, y lo es porque la vemos desde más cerca: cualquier canica entre nuestros dedos la vemos mayor que una enorme roca en el horizonte. Pero si nos detuviéramos a pensar en los demás, en sus desgracias y preocupaciones, veríamos que todos tienen alguna canica cerca y muchos cargan con pesadas rocas, aunque no nos lleguen sus quejas o no quieran vomitárnoslas encima.
Isabel es de esas personas que no manifiestan sus quejas para que no sufran sus amigos ni disfruten sus enemigos.
¿Qué se puede hacer en Madrid en agosto? Muchas cosas.
Pero nosotras nos hemos limitado a salir a cenar en una terraza, pasear por las calles tranquilas mientras charlamos y nos reímos y terminar tomando una copa en otra terraza (un día) o en un pub con aire acondicionado. Ella me habla de sus proyectos de su vida, y yo disfruto de que ella sea feliz con su príncipe, con quien se irá unos días de vacaciones. Yo le hablo de mis problemas, de mi agobio por la situación familiar y ella me consuela y aconseja; pero disfruta de que yo casi ni me acuerde de Carmen, y de que no esté con ella.
Cuando se marche Isabel, espero que ya esté de vuelta su homónima Maribel. Ahora, ya recuperada totalmente de su pesadilla con Iván el Terrible, está muy bien. Sin amor, como yo, pero tranquila, sin manías fuera de lugar e incluso más guapa. Aunque, ahora que lo pienso, ¡lo mismo se ha echado un nuevo amor de verano y me deja compuesta!

Hay quienes piensan (los que al salir gritan: “Adiós Madrid, que te quedas sin gente”) que se queda solitaria porque ellos se van. Pero yo, que he pasado muchos agostos en la ciudad, veo que cada vez se quedan más personas, o salen más a la calle, o vienen más forasteros a visitarla.
Tras un día de intenso estudio (bueno, algunos días me escapo a la piscina un rato) me encanta dar un paseo por el barrio, dar una vuelta por el Retiro y ver gente relajada, feliz. Quizá se han quedado por obligaciones laborales o económicas, o porque no les ha surgido ningún plan mejor; pero cuando salen lo hacen felices, como si estuvieran de vacaciones en la playa o paseando por la ciudad europea que no pueden visitar.

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viernes, agosto 01, 2008

Sufrir en la playa (por la gente grosera)

Por acompañarla, pero en contra de mi verdadero deseo, he pasado unos días de vacaciones con mi madre en la playa, en el sur de Alicante.
Hacía años que no íbamos allí, porque mi padre odia las aglomeraciones sobre la arena, el calor asfixiante, las estafas de los chiringuitos, las familias acampadas con música atronadora... Pero la familia de mi madre, tiene una casa allí y se juntan en verano; lo cual ofrecía nuevos motivos para que mi padre odiara ir: la suegra organizadora de vidas propias y ajenas, la cuñada solterona que quería mangonearlo como al marido que no tenía; la cuñada divorciada que generalizaba en él todos los reproches que su exmarido le dejó en la boca cuando se marchó con otra,... En definitiva, que a los inconvenientes del verano y la zona, se sumaban esos defectos que cualquier persona casada ve en la familia de su cónyuge.
Pero yo, que no tenía especial animadversión por Alicante ni, por supuesto, por mi familia materna, he descubierto lo que sentía mi padre.
Mi madre y yo hemos ido recorriendo playas, pero la mayoría estaban invadidas (supongo que ahora que empieza agosto, será mucho peor). Muchas personas tenían un comportamiento educado, correcto, limpio... pero otras muchas hacían la vida insoportable al resto, con el consentimiento generalizado. Se permitían invadir los espacios ajenos con sus juegos de tenis o fútbol, sus niños y perros sueltos, sus aparatos de radio a todo volumen... Acampaban familias inmensas todo el día bajo sus sombrillas unidas con sábanas o colchas multicolores para ampliar el sombreado, con treinta sillas y hamacas, dos docenas de neveras con comida y bebida, cinco cuñados gordos, seis cuñadas celulíticas, tres suegros escuálidos y dos suegras con el pelo teñido, pero renegridas y arrugadas como pasas. Pero lo peor son esa docena de angelitos, cada uno de su padre y de su madre, gritones, caprichosos, llorones, que corren de un lado a otro llenando de arena a cualquiera que no sea de su familia, que no obedecen al correspondiente grito de “Joshuaa...” que nos regala la imbécil de su madre.
Las tertulias de cotilleo, que no soporto en televisión, me las ofrecen esas tropas familiares a voz en grito, sin posibilidad de cambiar de canal ni bajarles el volumen, discuten como sus ídolos de la tele, y parece que todos tienen un amigo íntimo que sabe de muy buena tinta cualquier asunto de cualquier famoso.
Se pasan todo el día comiendo y bebiendo. Patatas fritas, frutos secos, bollos y golosinas por la mañana; después empiezan a abrir mesas de camping y a sacar los embutidos, el queso, más frutos secos y aceitunas para el aperitivo; a continuación, empiezan a preparar ensaladas, tirar el agua de lavar la lechuga, se sientan como si fueran a celebrar una boda y abren las tarteras y tuperwares con filetes empanados, ensaladilla rusa, pescado con salsa, ensaladilla rusa, pimientos fritos...; Cuando parece que han acabado aparece uno de los cuñados con dos sandías enormes que había enterrado antes de amanecer en la arena, junto al agua, para que nadie las viera y tenerlas muy fresquitas. Los niños, y las cuñadas, y los cuñados, y las suegras y dos suegros se lanzan contra las rodajas que el más dicharachero de los cuñados va cortando. Una vieja con bata florida y abotonada, que mojada transparenta el bañador de floripondios, grita a su marido (el tercer suegro): “¿Y tú no quieres sandía, con lo rica que está...?”. “Me gusta más el melón”. “Pues hoy no hay. Además la sandía es mejor para el colesterol y la diabetis”. “Pues yo prefiero el melón. Y no tengo coleterol ni diabetis”.
Y al final de la tarde, cuando el sol está muy bajo recogen el campamento y desaparecen dejando tras de sí los restos de la batalla y de su inmundicia. Corren a refugiarse en sus chalecitos y apartamentos, a seguir comiendo, gritando, molestando al vecino hasta las tres de la madrugada.
He conocido otras playas, y también he visto gente maleducada, pero en esa zona de Alicante la concentración de vulgaridad, grosería, zafiedad e inelegancia me ha dejado noqueada. Me decían algunas personas que es por el nivel económico. No lo creo: hay grandes casas, urbanizaciones que pretenden ser de lujo, campos de golf; muchas de esas familias llegaban hasta casi la misma playa en grandes Mercedes, BMW, Audis...
Pienso que se trata más bien de una actitud de desprecio por los demás, de aprovechamiento egoísta del espacio público, de imponer con fanfarronería lo chabacano al resto de las personas...
Y no sé si el lugar hace a la gente o la gente al lugar; pero vista con distanciamiento, la familia de mi madre también es bastante insoportable. Pero no quiero tirar piedras contra el tejado familiar y lo dejaré aquí, salvo que el cabreo me dure aún cuando escriba el próximo post.

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