Hace un par de semanas, Javier Marías publicó un artículo titulado
“Siglos de desperdicio”. Presentaba en él una visión negativa de la vida de las mujeres que han dedicado su vida a ser amas de casa, y creo poder resumirlo en sus frases últimas: “Imaginar hoy a una mujer que por elección no trabaje, o sin vida propia, produce bostezos, y se los debe de producir ella a sí misma. Cuántos siglos de sacrificio imbécil y de desaprovechamiento. Cuántos de desperdicio.”
En respuesta a él, el País Semanal de ayer domingo publicó tres cartas de sendas mujeres.
La primera está escrita por una mujer que se considera hija de una de esas mujeres que hizo el “sacrificio imbécil”. Valora la vida de esas mujeres, su dedicación, y considera que no desperdiciaron su vida, porque la dedicaron, aun a costa de su sacrificio, a educar a sus hijos, que son los que ahora están en la edad de educar a los suyos. En este aspecto, cree que lo hicieron mejor de lo que ahora se hace.
La autora de la segunda carta, que se identifica a sí misma y a las mujeres de las que se ha rodeado como “listas y divertidas, nosotras sí asomamos la cabeza y no permitimos que nadie trabajara por nosotras”, considera a las que no son como ellas “señoras sin horizonte, sin opinión, señoras que no ven más allá de la limpieza de sus suelos, pero sin embargo convertidas muchas veces por la opinión pública en heroínas”.
La tercera mujer sí identifica su situación con la descrita por Javier Marías, pero no se considera “insulsa ni aburrida”, y afirma que no es que “carezca de cultura, conocimientos, opinión, inteligencia o capacidad para realizar otro trabajo, simplemente ha hecho una elección en su vida, sin que por esto sea menos libre o realizada que otra mujer que trabaje fuera de casa.”
Por supuesto que yo no pienso buscar un marido y dedicarme a cuidar de los hijos en casa. Espero encontrar un empleo que me permita ganarme la vida haciendo algo que me satisfaga. Pero esto no me permite afirmar que otra mujer no pueda ser feliz y “lista y divertida”, renunciando al trabajo remunerado para cuidar de su familia.
¡Cuántos tontos están trabajando! ¡Cuántos empleos alienantes, agotadores, aburridos... existen! Una diferencia que aún veo entre hombres y mujeres es que ellos reconocen claramente que trabajan por obligación (económica y social: no está ni siquiera permitido que un hombre no trabaje). En cambio las mujeres, aunque lo hagamos por absoluta necesidad económica, casi siempre la encubrimos con la excusa de “trabajo para realizarme, para ser independiente y no depender de nadie, para salir y no estar encerrada...”
El conseguir que las mujeres no tengan obstáculos para poder trabajar de forma remunerada es un gran avance social. Pero,
como ya traté de exponer en otra ocasión, el que sea una imposición social y económica tanto para hombres como para mujeres, es el triunfo del capitalismo. Halagando la liberación social de las mujeres, para que nos incorporemos masivamente al mercado laboral, en pocos años han duplicado la mano de obra disponible para abaratar los salarios. Hubiera preferido que la liberación hubiera ido por mantener los salarios e incentivar la ruptura de los estereotipos de división del trabajo dentro de la familia: seguramente en muchas familias sólo trabajaría uno de los cónyuges (hombre o mujer) mientras el otro dedicaba a los hijos el tiempo que necesitan y se merecen.
Las familias son la sociedad entera, pero en pequeño. Hay una división de trabajo, que si es aceptada libremente, no tiene por qué ser negativa. Si el tiempo es dinero, los padres (padre y madre) que no puedan dedicar tiempo al cuidado de sus hijos (porque lo dedican a ganar dinero) tendrán que dedicar parte de éste a pagar para que los cuiden. La diferencia monetaria entre lo ganado y lo gastado equivaldrá al tiempo que los hijos no han estado atendidos o a una merma en la calidad del cuidado.