lunes, julio 21, 2008

Manual de urbanidad para jovencitas

Arranca Thelma en su hermoso blog “Mamá quiero ser bollera” ha publicado un poema erótico y bello de Pierre Louÿs.
No conocía Pierre Louÿs y mi curiosidad me ha llevado a buscar información sobre él. He descubierto que escribió un delicioso “Manual de urbanidad para jovencitas”, parodia pornográfica de los manuales de urbanidad de principios del siglo XX. Quiero compartir con vosotras algunos de sus locos o sensatos o lógicos o absurdos consejos para las jovencitas.
Me ha llamado la atención la cantidad de consejos centrados en las prácticas homosexuales y de masturbación, aunque se combinan constantemente con las heterosexuales.

EN LA HABITACIÓN: Si la sorprenden completamente desnuda, coloque púdicamente una mano sobre su rostro y la otra sobre su coño; pero no haga burla con la primera ni se masturbe con la segunda.
EN LA COCINA: Cuando haya usado un plátano para divertirse sola o para hacer gozar a la criada, no vuelva a ponerlo en el frutero sin haberlo limpiado muy bien.
EN LA MESA: No lama un albaricoque partido en tanto que guiña a la lesbiana más célebre de la reunión.
JUEGOS Y DIVERSIONES:
A una dama no le pida nunca permiso para “holgar” con su hija. Diga “jugar”, que es más decente.
Si juega al dedo mojado, no lo humedezca entre sus muslos, salvo que se encuentre sola.
Levantarse la falda, sentarse sobre un bolo puesto en pie, meterlo por donde usted sabe y huir sosteniéndolo sólo con la fuerza del cascanueces, es un ejercicio de los más indecentes que una señorita bien educada no debe imitar, ni siquiera cuando lo haya visto hacer con éxito de crítica.
Si, jugando al escondite, se encuentra usted sola con una jovencita en un escondite impenetrable, masturbe a su compañera: es la costumbre. Y si a ella le da vergüenza, mastúrbese delante de ella para estimularla.
En el juego de la gallinita ciega, no meta la mano bajo las faldas de su presa, diciendo que así la reconocerá en seguida. La comprometería mucho.
EN CLASE:
No dibuje en la pizarra las partes sexuales de la maestra, sobre todo si ella se las ha enseñado confidencialmente.
Cuando se masturbe bajo el pupitre, no se limpie el dedo mojado en el cabello de su compañera, salvo que ella se lo pida.
No humedezca su dedo en la boca o en el coño para pasar las páginas.
Si su maestra la lleva a su habitación y la abraza con extrema excitación, levántese la falda con naturalidad y guíe su mano vacilante. Eso le quitará una gran preocupación.
No se acerque el primer día a una alumna mayor preguntándole si se masturba: 1º Porque es un pregunta inútil. Claro que ella se hace pajas. 2º Porque ella podría mentirle. Llévela, entonces, en secreto al fondo del jardín y dedíquese delante de ella a sus pequeñas costumbres. Esto le hará avergonzarse de su mentira.
REGALOS:
Si una amiga le regala un anillo, póngaselo en el dedo que use habitualmente durante sus voluptuosas soledades. Es un elegante detalle.
EN EL BAILE
Cuando, (en el baile) a escondidas, un señor se corra en su mano, es más prudente chuparse los dedos que pedir una servilleta.
OBLIGACINES CON DIOS:
Agradézcale la creación de las zanahorias para las niñas, los plátanos para las jovencitas, las berenjenas para las jóvenes madres y las remolachas para las señoras maduras.
Algunas jovencitas muy vigiladas se compran una pequeña virgen de marfil pulido y lo usan como consolador. Es una práctica condenada por la Iglesia. Pero, podría usar, para ello, un cirio, siempre que no esté bendecido.

Es llamativa también la presencia de la escatología:
Si vacía a escondidas la mitad de una botella de champán, no haga pis dentro para rellenarla.
No haga caca en la crema de chocolate incluso si, por estar castigada sin postre, está segura de no comerla.
Si encuentra un pelo sospechoso en su plato, no diga: “¡Qué bien, un pelo del culo!”
Si es aún impúber, no se aplaste un puñado de fresas entre los muslos, para ir enseguida a demostrar a todo el mundo que ya tiene la regla.
Si su amiga no se lo chupa bien, sería de pésimo gusto orinarle en la cara como forma de mostrarle su descontento

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martes, julio 15, 2008

Una veterana con ilusión de novata

En los últimos días del curso hice buena amistad con Cati, una alumna de doctorado con la que he coincidido en una asignatura optativa. Tiene unos cuarenta años y está divorciada. Después de bastantes años dando clase en un instituto, aburrida de los adolescentes y de innumerables repeticiones recortadas del temario año tras año, creyó que tenía que actualizarse, volver a sentir la alegría de descubrir secretos filológicos; llenarse el depósito de conocimientos, después de estarse vaciando hasta casi llegar a la reserva.
Y ahí está, los días que coincidimos, a primera hora en el departamento en que se imparte la asignatura, con cara de quinceañera ilusionada, boquiabierta ante cualquier novedad. Según ella, ha descubierto que sabe muy poco, pero que ha olvidado en casi veinte años de docencia más de lo que conserva de su licenciatura. Siente que últimamente ha estado estafando a sus alumnos, porque a la pérdida de ilusión por su labor, se le ha unido la pérdida de sus referencias teóricas, de su interés por estar al día.
Es cierto, se justifica, que el sistema también la ha estafado: el desprestigio en que han caído los profesores, la burocratización de su trabajo, los ignorantes consentidores padres sabihondos, la politización de los cargos en los centros de estudios, los tocapelotas sindicalistas que reclaman derechos sin fin, pero eluden deberes…
Me ha hecho sentirme culpable de mi cansancio por la universidad; después de cinco años, sin expectativas de trabajo cuando acabe, he estado yendo a clase por rutina, como a un empleo mal pagado que no debí aceptar, pero que necesito para mantenerme ocupada y llevar un pequeño sueldo a casa (en mi caso para justificar ante mi familia el esfuerzo que han hecho). Alguien pensará que he derrochado el tiempo. No lo creo: si bien madrugaba por rutina, preparaba los libros por rutina, cogía el autobús por rutina, entraba en clase por rutina… una vez allí, me olvidaba de la sinrazón del estudio, de mis problemas y mi hastío y aprovechaba las clases, me entusiasmaba en los trabajos propuestos, me olvidaba del reloj y del sueño mientras pasaba la noche estudiando.
Y ahora veo a Cati ilusionada con su primer año de doctorado, renunciando a parte de su sueldo para poder estudiar y me imagino que quizá yo también un día quiera volver a estas aulas que deseo ahora abandonar.

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martes, julio 08, 2008

Lo que a veces nos dice el instinto.

¿Cómo asumir los cambios inesperados que nos perjudican? Pues asumiéndolos. Con dificultad; renunciando a llegar a entenderlos; rompiendo los esquemas forjados con los años; soportando el corazón dolorido y la quemazón en la piel; abstrayéndose del dolor y el fuego como un faquir…
Voy acostumbrándome a la nueva situación de mis padres, a las nuevas obligaciones, a la escasez de tiempo, a la ausencia de una mitad de dos personas. No he tenido ninguna responsabilidad en las causas, pero me afectan las consecuencias.
Voy también acostumbrándome a mi nueva situación personal, a no tener obligaciones sentimentales, a la ausencia de caricias y besos, a la falta de un revolcón. Alguna responsabilidad habré tenido en las causas (aunque no quiera reconocerlo) y sufro las consecuencias.
Carmen me abandonó, sin explicaciones y sin un adiós. Pero su acción no me ha afectado tanto como podría pensarse, porque me ha pillado con otros problemas más importantes. Al fin y al cabo, qué era lo nuestro sino un enganche juvenil, un encaprichamiento lascivo y divertido para desfogarnos. Sin saber por qué, quizá por instinto, yo notaba que ella estaba de paso, cobrándose un trofeo para hacer otra muesca en su revólver en cuanto se le cruzara otra presa. Pero me dejó por nadie y cuando la veo ante mí, mantiene una mirada soberbia y altiva que parece decir: “Lo hice porque quise: me divierte jugar con niñatas inseguras, descubrirles el placer de Lesbia y devolverlas al camino”.
Sin embargo, no me siento utilizada, ni insegura, casi ni dolorida. Simplemente estoy curiosa por saber qué sensación le causa mi actitud distante. Me parece una situación que no es mía, como si me la hubieran contado de alguien: “Fíjate, Estéfani, Carmen ha abandonado a Fulanita”. Y yo pienso: “Pobre, Fulanita, ¡estaba tan contenta con Carmen!” o “¡Vaya putada que le ha hecho Carmen! ¡Y eso que Isabel se lo había advertido cien veces!”
Y es que Isabel tiene un olfato muy fino para detectar a las arpías y un instinto muy primario para subirlas al cadalso.

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