Tiempo para ti. Tiempo para mí.
Dicen que el tiempo es oro. Y lo tratamos como tal: unos tratando de atesorarlo, otros despreciándolo, muchos utilizándolo en su justo valor.
Hay quienes afirman constantemente que no tienen tiempo para nada y quienes no saben qué hacer con tanto tiempo. Muchos matan o pasan el tiempo (existen los pasatiempos, que nunca se llaman disfrutatiempos, a pesar de que podemos disfrutar con ellos). Otros muchos lo ahorran, aunque nunca desvelan cómo y dónde lo guardan, porque es imposible hacerlo. Virgilio, autor de la Eneida, ya constató que el tiempo se va para no volver.
El muy loable propósito jurídico de que todos seamos iguales ante la ley de los Estados no siempre se cumple. Pero ante la ley del tiempo, todos somos iguales y la realidad no discrimina a nadie. La vida nos concede periódicamente el mismo tiempo a todo el mundo, en las mismas condiciones sin discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
Cada año se nos conceden 12 meses, o 365 días (y uno de propina cada cuatro años); cada día, veinticuatro horas; cada hora, sesenta minutos; cada minuto, sesenta segundos. Desde que nacemos, nos ponen en nómina para ese reparto; el salario, siempre el mismo, se nos abona sin retraso, sin necesidad y sin posibilidad de negociarlo, de reclamarlo, de intercambiarlo... Lo que nunca sabremos es cuándo nos van a enviar la parca para despedirnos, pero hasta entonces tendremos el salario asegurado.
La verdadera diferencia está en que con el mismo salario, las obligaciones son diferentes, los caprichos también. Pero la cuenta se equilibra continuamente, sin hacer balance de gastos e ingresos; sin posibilidad de pedir préstamos, ni de guardar para mañana. Por ello no queda más remedio que establecer nuestras prioridades de gasto, y la mayoría lo hacemos, con pocas quejas en general: sólo los que quieren parecer intensos, interesantes u ocupados dejan caer esas retóricas frases de “no tengo tiempo para nada”, “no me da tiempo a hacer nada”.
Tienes el mismo que yo, el mismo que tu hermano o tu vecina. Si prefieres dedicarlo a ganar dinero, me parece muy bien, pero no te quejes de que no puedes estar con tus hijos; si lo dedicas a cuidar a tu anciana madre, no lo podrás emplear en pasear por el campo... ¡Quéjate de no saber cuáles son tus prioridades, pero no de la falta de tiempo!
Cada día podemos utiizarlo para trabajar y divertirnos, para amar y odiar, para ayudar y fastidiar, para tomar el sol y mirar las estrellas. Y si nos queda algo de tiempo hueco, siempre podemos llenarlo de sueños.
Hay quienes afirman constantemente que no tienen tiempo para nada y quienes no saben qué hacer con tanto tiempo. Muchos matan o pasan el tiempo (existen los pasatiempos, que nunca se llaman disfrutatiempos, a pesar de que podemos disfrutar con ellos). Otros muchos lo ahorran, aunque nunca desvelan cómo y dónde lo guardan, porque es imposible hacerlo. Virgilio, autor de la Eneida, ya constató que el tiempo se va para no volver.
El muy loable propósito jurídico de que todos seamos iguales ante la ley de los Estados no siempre se cumple. Pero ante la ley del tiempo, todos somos iguales y la realidad no discrimina a nadie. La vida nos concede periódicamente el mismo tiempo a todo el mundo, en las mismas condiciones sin discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.Cada año se nos conceden 12 meses, o 365 días (y uno de propina cada cuatro años); cada día, veinticuatro horas; cada hora, sesenta minutos; cada minuto, sesenta segundos. Desde que nacemos, nos ponen en nómina para ese reparto; el salario, siempre el mismo, se nos abona sin retraso, sin necesidad y sin posibilidad de negociarlo, de reclamarlo, de intercambiarlo... Lo que nunca sabremos es cuándo nos van a enviar la parca para despedirnos, pero hasta entonces tendremos el salario asegurado.
La verdadera diferencia está en que con el mismo salario, las obligaciones son diferentes, los caprichos también. Pero la cuenta se equilibra continuamente, sin hacer balance de gastos e ingresos; sin posibilidad de pedir préstamos, ni de guardar para mañana. Por ello no queda más remedio que establecer nuestras prioridades de gasto, y la mayoría lo hacemos, con pocas quejas en general: sólo los que quieren parecer intensos, interesantes u ocupados dejan caer esas retóricas frases de “no tengo tiempo para nada”, “no me da tiempo a hacer nada”.
Tienes el mismo que yo, el mismo que tu hermano o tu vecina. Si prefieres dedicarlo a ganar dinero, me parece muy bien, pero no te quejes de que no puedes estar con tus hijos; si lo dedicas a cuidar a tu anciana madre, no lo podrás emplear en pasear por el campo... ¡Quéjate de no saber cuáles son tus prioridades, pero no de la falta de tiempo!
Cada día podemos utiizarlo para trabajar y divertirnos, para amar y odiar, para ayudar y fastidiar, para tomar el sol y mirar las estrellas. Y si nos queda algo de tiempo hueco, siempre podemos llenarlo de sueños.
Etiquetas: Comentarios, Vida



