viernes, agosto 01, 2008

Sufrir en la playa (por la gente grosera)

Por acompañarla, pero en contra de mi verdadero deseo, he pasado unos días de vacaciones con mi madre en la playa, en el sur de Alicante.
Hacía años que no íbamos allí, porque mi padre odia las aglomeraciones sobre la arena, el calor asfixiante, las estafas de los chiringuitos, las familias acampadas con música atronadora... Pero la familia de mi madre, tiene una casa allí y se juntan en verano; lo cual ofrecía nuevos motivos para que mi padre odiara ir: la suegra organizadora de vidas propias y ajenas, la cuñada solterona que quería mangonearlo como al marido que no tenía; la cuñada divorciada que generalizaba en él todos los reproches que su exmarido le dejó en la boca cuando se marchó con otra,... En definitiva, que a los inconvenientes del verano y la zona, se sumaban esos defectos que cualquier persona casada ve en la familia de su cónyuge.
Pero yo, que no tenía especial animadversión por Alicante ni, por supuesto, por mi familia materna, he descubierto lo que sentía mi padre.
Mi madre y yo hemos ido recorriendo playas, pero la mayoría estaban invadidas (supongo que ahora que empieza agosto, será mucho peor). Muchas personas tenían un comportamiento educado, correcto, limpio... pero otras muchas hacían la vida insoportable al resto, con el consentimiento generalizado. Se permitían invadir los espacios ajenos con sus juegos de tenis o fútbol, sus niños y perros sueltos, sus aparatos de radio a todo volumen... Acampaban familias inmensas todo el día bajo sus sombrillas unidas con sábanas o colchas multicolores para ampliar el sombreado, con treinta sillas y hamacas, dos docenas de neveras con comida y bebida, cinco cuñados gordos, seis cuñadas celulíticas, tres suegros escuálidos y dos suegras con el pelo teñido, pero renegridas y arrugadas como pasas. Pero lo peor son esa docena de angelitos, cada uno de su padre y de su madre, gritones, caprichosos, llorones, que corren de un lado a otro llenando de arena a cualquiera que no sea de su familia, que no obedecen al correspondiente grito de “Joshuaa...” que nos regala la imbécil de su madre.
Las tertulias de cotilleo, que no soporto en televisión, me las ofrecen esas tropas familiares a voz en grito, sin posibilidad de cambiar de canal ni bajarles el volumen, discuten como sus ídolos de la tele, y parece que todos tienen un amigo íntimo que sabe de muy buena tinta cualquier asunto de cualquier famoso.
Se pasan todo el día comiendo y bebiendo. Patatas fritas, frutos secos, bollos y golosinas por la mañana; después empiezan a abrir mesas de camping y a sacar los embutidos, el queso, más frutos secos y aceitunas para el aperitivo; a continuación, empiezan a preparar ensaladas, tirar el agua de lavar la lechuga, se sientan como si fueran a celebrar una boda y abren las tarteras y tuperwares con filetes empanados, ensaladilla rusa, pescado con salsa, ensaladilla rusa, pimientos fritos...; Cuando parece que han acabado aparece uno de los cuñados con dos sandías enormes que había enterrado antes de amanecer en la arena, junto al agua, para que nadie las viera y tenerlas muy fresquitas. Los niños, y las cuñadas, y los cuñados, y las suegras y dos suegros se lanzan contra las rodajas que el más dicharachero de los cuñados va cortando. Una vieja con bata florida y abotonada, que mojada transparenta el bañador de floripondios, grita a su marido (el tercer suegro): “¿Y tú no quieres sandía, con lo rica que está...?”. “Me gusta más el melón”. “Pues hoy no hay. Además la sandía es mejor para el colesterol y la diabetis”. “Pues yo prefiero el melón. Y no tengo coleterol ni diabetis”.
Y al final de la tarde, cuando el sol está muy bajo recogen el campamento y desaparecen dejando tras de sí los restos de la batalla y de su inmundicia. Corren a refugiarse en sus chalecitos y apartamentos, a seguir comiendo, gritando, molestando al vecino hasta las tres de la madrugada.
He conocido otras playas, y también he visto gente maleducada, pero en esa zona de Alicante la concentración de vulgaridad, grosería, zafiedad e inelegancia me ha dejado noqueada. Me decían algunas personas que es por el nivel económico. No lo creo: hay grandes casas, urbanizaciones que pretenden ser de lujo, campos de golf; muchas de esas familias llegaban hasta casi la misma playa en grandes Mercedes, BMW, Audis...
Pienso que se trata más bien de una actitud de desprecio por los demás, de aprovechamiento egoísta del espacio público, de imponer con fanfarronería lo chabacano al resto de las personas...
Y no sé si el lugar hace a la gente o la gente al lugar; pero vista con distanciamiento, la familia de mi madre también es bastante insoportable. Pero no quiero tirar piedras contra el tejado familiar y lo dejaré aquí, salvo que el cabreo me dure aún cuando escriba el próximo post.

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