
En España, durante las últimas semanas se han producido
varias manifestaciones en las que se han quemado fotografías del Rey Juan Carlos I.
No voy a entrar en los aspectos legales de dichos actos; ni en defender o atacar al Rey o a la institución monárquica. Personalmente preferiría un Estado organizado en forma de república que contar con una Monarquía; pero es una preferencia que sólo desearía que se hiciera realidad si fuera consecuencia de un gran acuerdo nacional, con tranquilidad y sin violencia de ningún tipo. Como actualmente no veo esa posibilidad, me conformo con lo que hay, ya que, en realidad no afecta demasiado a la vida política ni a la vida de los ciudadanos el hecho que la “figura representativa” del Estado sea un Rey o un Presidente. ¿Hay mucho que conozcan a los Presidentes de las Repúblicas Italiana, Alemana, Irlandesa, Portuguesa? Se conoce a los presidentes de gobierno o primeros ministros. (Casos diferentes son las repúblicas americanas o la República Francesa, que son de corte presidencialista).
De la quema de fotografías, me llama la atención la superchería que supone.
Unas personas que se dicen republicanas, racionales, queman fotos del Rey, porque ven ilógico y anacrónico el que la jefatura del Estado sea hereditaria. Acepto parte de su argumento. ¿Pero no es irracional pretender hacer daño a alguien quemando su foto? ¿No se trata de pura superstición anacrónica?
No se conforman con tirar o romper las fotos del Rey que tengan en su casa; o en pintarle bigotes, gafas, cuernos... para ridiculizar su imagen (como hacíamos de niños en los libros del colegio); sino que las buscan fotografías, las fotocopian y las queman. Incluso las colocan cabeza abajo, sin que yo llegue a entender la razón. Deben pensar que la repetición de la quema causa más daño en la persona referida.
Todavía en muchos pueblos, al terminar la Semana Santa, se ahorca y quema un pelele de paja que representa a Judas; y el populacho lo celebra y lo golpea mientras arde. Es una catarsis de pueblo: cada uno ve en el judas a ese malvado, a ese traidor real que vive en el pueblo, pero al que no podemos ahorcar, ni quemar, ni golpear, sin infringir las leyes.
Quienes hacen vudú, pinchan a un muñeco que representa un enemigo para, por transferencia, hacer daño a esa persona. También son muchos los que creen en el mal de ojo. Dicen los creyentes en estas supercherías que dan resultado tanto el vudú como el mal de ojo. Yo nunca lo he creído.
Pero a la vista de cómo repiten sus acciones los supersticiosos republicanos y cómo se ofenden
los supuestos defensores de la Monarquía, voy a tener que empezar a creer que es cierto.
He venido considerando que la mayoría de los republicanos en España eran ateos o agnósticos; pero ahora resulta que creen que en esas fotos está el alma, incluso el cuerpo del rey. Esto es comparable a pensar, como hacen los católicos, que las imágenes religiosas contienen algo más que la madera, el marfil o el mármol de que están hechas.
Parece que quien quiere combatir una superstición siempre termina creando las suya propia, que casualmente termina por parecerse demasiado a la contraria. Los regímenes totalitarios que han proclamado el “dios ha muerto” han terminado creando algún nuevo dios al que venerar y al que someterse de forma irracional. Los nazis, que tanto bebieron de las fuentes de Nietzsche y su “dios ha muerto”, endiosaron a Hitler. Los soviéticos o los comunistas vietnamitas crearon grandiosos mausoleos protocolos de adoración a sus dioses Lenin o Ho Chi Minh que hacen palidecer a sus equivalentes religiosos. En Cuba, la palabra de Fidel Castro debe ser considerada una verdad indiscutible e infalible como la del Papa de Roma, con el agravante de que el cubano aún dispone de una maquinaria inquisitorial de la que el romano carece.
Quienes queman fotos, banderas, símbolos religiosos, etc. con el ánimo de injuriar no sólo son tan malvados como los que queman libros (los nazis alemanes, los yugoslavos que prendieron la biblioteca de Sarajevo) o personas (las diferentes inquisiciones religiosas) para acabar con determinadas ideas; sino que son más irracionales y supersticiosos.