Un Peter Pan que se bajó del tren.
Anoche, mi padre llegó cabreado a casa. Más que cabreado, descolocado y un poco avergonzado. En la mano traía el regalo que le había hecho un amigo: un elefante de peluche, color azul eléctrico, con portarretrato incluido. (Y la advertencia explícita de que no era para sus hijas, sino para él. Eso debió de ser lo más descorazonador para mi padre)
Parece ser que su amigo había insistido para quedar a tomar algo y hacerle un pequeño regalo por su reciente cumpleaños. Por eso, mi padre aprovechó una reunión de trabajo cerca de la casa del otro para invitarle a una copa, o un café y charlar un poco.
He visto en muchas ocasiones a ese hombre, casi siempre en breves encuentros y, muchas veces, casi clandestinos para mi madre, que no le soporta. Es un hombre simpático, alegre, pero su república no es de este mundo. Con casi 50 años, es un eterno universitario (debe de tener 4 o 5 licenciaturas), con una eterna novia (porque todavía no quiere atarse), y vestido según su propia y eterna moda (una mezcla entre universitario “cuéntame”, okupa invitado a una boda en los Jerónimos y sindicalista en un piquete). Ideológicamente no ha llegado a la perestroika: quien no es comunista es un “facha”, comprar un coche o un piso es “burgués”, entrar en El Corte Inglés o en Zara es de “pijos”...
Es austero, incluso tacaño, para todo. Y su principal gasto debe de ser la bebida y el tabaco.
Creo que mi padre conserva su amistad más por inercia que por tener algo en común. Y el problema no debe ser tanto su estilo de vida, como su incapacidad para aceptar que cada persona tiene sus circunstancias, sus preferencias, sus gustos. Cuando ya habíamos nacido mi hermana y yo, reprochaba a mis padres el que no salieran “de marcha” con él, ni organizaran fiestas de amigos hasta el amanecer.
El caso es que a fuerza de agarrarse a una época ya pasada ha perdido el contacto con el día a día, con lo que es normal para la mayoría (no tiene móvil ni ordenador). Y le enfada que el mundo cambie (a pesar de definirse como progresista) y que los demás no se hayan bajado del tren con él.
Y a mi padre le enfada sentirse cada vez más lejos de alguien a quien un día apreció por su inteligencia, por su amistad sincera; pero que ve cómo no sólo se ha bajado del tren, sino que, en ocasiones, incluso vuelve sobre los pasos ya dados.
“Y lo peor de todo, dice, es que es profesor en un instituto y tiene que impartir Ciencias Sociales (o como ahora se llame) y Educación para la Ciudadanía. ¡Qué ciudadanos y que sociedad más irreales puede enseñar a sus alumnos!"
Parece ser que su amigo había insistido para quedar a tomar algo y hacerle un pequeño regalo por su reciente cumpleaños. Por eso, mi padre aprovechó una reunión de trabajo cerca de la casa del otro para invitarle a una copa, o un café y charlar un poco.
He visto en muchas ocasiones a ese hombre, casi siempre en breves encuentros y, muchas veces, casi clandestinos para mi madre, que no le soporta. Es un hombre simpático, alegre, pero su república no es de este mundo. Con casi 50 años, es un eterno universitario (debe de tener 4 o 5 licenciaturas), con una eterna novia (porque todavía no quiere atarse), y vestido según su propia y eterna moda (una mezcla entre universitario “cuéntame”, okupa invitado a una boda en los Jerónimos y sindicalista en un piquete). Ideológicamente no ha llegado a la perestroika: quien no es comunista es un “facha”, comprar un coche o un piso es “burgués”, entrar en El Corte Inglés o en Zara es de “pijos”...
Es austero, incluso tacaño, para todo. Y su principal gasto debe de ser la bebida y el tabaco.
Creo que mi padre conserva su amistad más por inercia que por tener algo en común. Y el problema no debe ser tanto su estilo de vida, como su incapacidad para aceptar que cada persona tiene sus circunstancias, sus preferencias, sus gustos. Cuando ya habíamos nacido mi hermana y yo, reprochaba a mis padres el que no salieran “de marcha” con él, ni organizaran fiestas de amigos hasta el amanecer.
El caso es que a fuerza de agarrarse a una época ya pasada ha perdido el contacto con el día a día, con lo que es normal para la mayoría (no tiene móvil ni ordenador). Y le enfada que el mundo cambie (a pesar de definirse como progresista) y que los demás no se hayan bajado del tren con él.
Y a mi padre le enfada sentirse cada vez más lejos de alguien a quien un día apreció por su inteligencia, por su amistad sincera; pero que ve cómo no sólo se ha bajado del tren, sino que, en ocasiones, incluso vuelve sobre los pasos ya dados.
“Y lo peor de todo, dice, es que es profesor en un instituto y tiene que impartir Ciencias Sociales (o como ahora se llame) y Educación para la Ciudadanía. ¡Qué ciudadanos y que sociedad más irreales puede enseñar a sus alumnos!"
Etiquetas: Amistad, Decidir, Personalidad





