jueves, septiembre 27, 2007

Un Peter Pan que se bajó del tren.

Anoche, mi padre llegó cabreado a casa. Más que cabreado, descolocado y un poco avergonzado. En la mano traía el regalo que le había hecho un amigo: un elefante de peluche, color azul eléctrico, con portarretrato incluido. (Y la advertencia explícita de que no era para sus hijas, sino para él. Eso debió de ser lo más descorazonador para mi padre)
Parece ser que su amigo había insistido para quedar a tomar algo y hacerle un pequeño regalo por su reciente cumpleaños. Por eso, mi padre aprovechó una reunión de trabajo cerca de la casa del otro para invitarle a una copa, o un café y charlar un poco.
He visto en muchas ocasiones a ese hombre, casi siempre en breves encuentros y, muchas veces, casi clandestinos para mi madre, que no le soporta. Es un hombre simpático, alegre, pero su república no es de este mundo. Con casi 50 años, es un eterno universitario (debe de tener 4 o 5 licenciaturas), con una eterna novia (porque todavía no quiere atarse), y vestido según su propia y eterna moda (una mezcla entre universitario “cuéntame”, okupa invitado a una boda en los Jerónimos y sindicalista en un piquete). Ideológicamente no ha llegado a la perestroika: quien no es comunista es un “facha”, comprar un coche o un piso es “burgués”, entrar en El Corte Inglés o en Zara es de “pijos”...
Es austero, incluso tacaño, para todo. Y su principal gasto debe de ser la bebida y el tabaco.
Creo que mi padre conserva su amistad más por inercia que por tener algo en común. Y el problema no debe ser tanto su estilo de vida, como su incapacidad para aceptar que cada persona tiene sus circunstancias, sus preferencias, sus gustos. Cuando ya habíamos nacido mi hermana y yo, reprochaba a mis padres el que no salieran “de marcha” con él, ni organizaran fiestas de amigos hasta el amanecer.
El caso es que a fuerza de agarrarse a una época ya pasada ha perdido el contacto con el día a día, con lo que es normal para la mayoría (no tiene móvil ni ordenador). Y le enfada que el mundo cambie (a pesar de definirse como progresista) y que los demás no se hayan bajado del tren con él.
Y a mi padre le enfada sentirse cada vez más lejos de alguien a quien un día apreció por su inteligencia, por su amistad sincera; pero que ve cómo no sólo se ha bajado del tren, sino que, en ocasiones, incluso vuelve sobre los pasos ya dados.
“Y lo peor de todo, dice, es que es profesor en un instituto y tiene que impartir Ciencias Sociales (o como ahora se llame) y Educación para la Ciudadanía. ¡Qué ciudadanos y que sociedad más irreales puede enseñar a sus alumnos!"

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martes, septiembre 25, 2007

Noche en Blanco con chocolate

El sábado, para dar gusto a Carmen, fuimos a disfrutar de la Noche en Blanco de Madrid.
No soy de las que disfrutan con las muchedumbres y mucho menos cuando obedecen a las órdenes de algún “duce” que ordena: “Hoy, todos a divertirse”, “Mañana todos a solidarizarse con los homosexuales”, “Al otro, todos a coger la bici”. Prefiero hacer lo que quiero cuando me apetece. Incluso, por llevar la contraria, puedo dejar de hacer algo que me gusta. Soy así de contradictoria.
Después de esperar ver algo en el estanque del Retiro y decepcionarnos, contemplar algo parecido a una nube de la Puerta de Alcalá y decepcionarnos; después de andar, mojarnos, intentar coger un autobús y no saber dónde, andar más, ver la proyección de luces en el Edificio España y quedar definitivamente defraudadas; nos encontramos con mi prima Silvia, que vive cerca de la Plaza de España.
Iba acompañada de unos amigos, tan aburridos y defraudados como nosotras. Y mi prima fue la salvación de todos: nos invitó a terminar en su casa. Como en la casa de una soltera independiente no suele haber muchas provisiones para invitados imprevistos, compramos un bote de chocolate instantáneo y una caja de bizcochos en una tienda de chinos.
En un momento preparamos un chocolate calentito, para templar el cuerpo y reponer fuerzas. La idea de uno de los chicos me pareció genial: un chorrito de coñac en el chocolate le da un gusto especial. Después, nos servimos de un mueble bar bien surtido, gracias a las medias botellas sobrantes de las fiestas que suele organizar mi prima, porque dice que ella no compra alcohol. De una forma agradable y divertida nos dieron las nueve de la mañana, sin que ningún vecino se quejara de la música ni de las voces. Volvimos a preparar más chocolate para desayunar y la gente empezó a marcharse. Carmen y yo nos quedamos las últimas. Silvia insistió en que podíamos quedarnos y comer luego juntas, pero preferimos irnos; eso sí, con la promesa de quedar pronto.

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lunes, septiembre 17, 2007

Salas de espera.

Siempre había pensado que las residencias de ancianos pueden llegar a ser un buen lugar para que una persona sin demasiada familia pueda acabar sus días. Pensaba esto, porque me da mucha pena ver en el mercado a mujeres arrastrando sus bolsas cuando que apenas pueden con su alma; porque la televisión nos trae noticias de personas que mueren solas en su casa...
Sin embargo, desde este fin de semana, que he acompañado a mis padres a visitar a una hermana de mi abuela que vive en una residencia, no lo tengo tan claro.
No se trata de una residencia cutre, de esas que alguien monta en un chalé viejo con el único fin de sacar dinero, y que sólo se dedica a dar una cama a los viejos y “echarlos de comer”a la hora establecida; que tiene el personal mínimo y no cualificado para mantenerlos a raya sin dar mucha guerra; que los atan a la cama o los maltratan; que el abandono de las instalaciones y la mugre son algo habitual. En definitiva, no parece un lugar tétrico, que espera salir en las noticias junto con los familiares de los ancianos, esos familiares que aseguran que no sospechaban nada, que su padre estaba contento y bien tratado, cuando lo cierto es que lo habían abandonado allí para maquillar su conciencia y que, en sus escasas visitas, no querían ver lo evidente.
No. Esta residencia es un edificio moderno, luminoso, limpio, rodeado de amplios jardines cuidados, con una terracita en cada habitación. No hay horario de visitas para los familiares y, según mis padres y mis tíos, a cualquier hora el personal parece preocupado por atender a los ancianos, les llaman por su nombre, les dedican frases cariñosas, les brindan un beso a quienes pueden sentirse más abandonados o débiles...
La hermana de mi abuela conserva una gran lucidez mental a sus 80 años y físicamente no está muy mal: puede salir a la calle con su bastón, no necesita ayuda para vestirse ni asearse, e incluso dice que ayuda a otras compañeras.
Pero aun así, el ambiente es deprimente. Algunos hombres se entretenían jugando al dominó, algunas mujeres hacían punto o jugaban a las cartas. Pero otras muchas personas permanecían sentadas en el jardín, con la vista clavada en el vacío o mirando con envidia a quienes estaban acompañados por su familia. Nuestra tía, en un momento dado, nos dijo: “Vámonos un poco más allá, que no nos vea esa señora. Nadie viene a verla y le da mucha rabia que otros tengan visitas”.
Vale, en estas residencias (asilos los llama mi padre) no están solos, pero la compañía es forzosa, no tienen apenas intimidad y están obligados a dar explicaciones de cualquier cosa. Están desarraigados de su barrio, donde conocen desde siempre a muchas personas con las que se cruzan por las calles. En su barrio pueden sentarse en un banco y ver a un niño jugar con la arena, pueden recordar sus amores en el beso de una pareja, pueden comparar el tiempo con el de su época (¡ahora ya no hace tanto frío!, ¡antes sí que pasábamos calor trabajando!), pueden hacer sus compras y calcular el precio en pesetas o en reales... En definitiva, pueden sentirse parte del mundo y tienen posibilidades de vida.
Pero las residencias de ancianos no son una estación de paso en la vida, son la sala de espera de la muerte.
Mi padre pregunta a una enfermera qué hacen esos viejos sentados al último sol de la tarde.
“Están esperando la hora de la cena”, responde ella.
“Están esperando morirse”, corrige mi padre, murmurando.
Por eso, y para hacer más corto el trayecto, algunos asilos se construyen camino del camposanto.

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martes, septiembre 11, 2007

Quedar tras el verano

Una vez acabado el verano, y pasados los exámenes de septiembre, hemos podido quedar a tomar unas copas y a charlar.
Carmen y yo no teníamos mucho que contar: nuestro verano se ha pasado en un aburrido, pero emocionante, idilio y en tratar de estudiar las asignaturas suspendidas. Ya no ocultamos nuestra relación y todos en el grupo lo han dado por hecho sin preguntas y sin pedir explicaciones. Me alegra que sea así, porque no soy yo de las que se sientan cómodas hablando de determinados temas: prefiero que se den por hecho y se acepten tal cual.
Maribel ha recorrido buena parte de las playas, buscando nuevas emociones que le hiciesen olvidar a su novio perdido, pero no lo ha conseguido. (La malvada Carmen me recuerda que sólo podrá volver a estrenar lencería fina cuando vaya al ginecólogo). Yo sigo creyendo que aquello sólo fue una forma de hablar, una broma frustrada; porque Maribel es guapa, atractiva y risueña y, si quisiera, no le faltarían pretendientes.
Isabel y su príncipe han estado viajando por Marruecos y han disfrutado también de sus vacaciones. Creo que esa convivencia temporal les ha venido muy bien y los veo muy enamorados. Por suerte, Carmen no ha hecho comentarios impertinentes y no se han dado momentos de tirantez entre ellas. No obstante, Carmen, desde que está conmigo es menos sarcástica en sus comentarios. Seguramente la acidez de los comentarios de las personas es proporcional a su grado de frustración; y Carmen no tiene ahora motivos para estar frustrada (o eso me gusta pensar).
Luis apareció con su nueva chica: una petulante y estirada Marisabidilla que pretende controlar hasta la forma en que nos relacionamos en el grupo y enterarse de todos los detalles que se le escapan en la conversación o que, simplemente, pretendemos dejar en el aire.
Después de una agradable velada, ya estamos al día y dispuestas para un nuevo curso en nuestra vida.

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miércoles, septiembre 05, 2007

Llega septiembre

Si septiembre no trae fruta, agosto tiene la culpa, porque septiembre es frutero, alegre y festero.
Espero recoger el fruto de mis horas de estudio y saborear dulces labios de Carmen, como premio a mis desvelos durante todo un agosto sin vacaciones. Que las frutas no se presenten como calabazas y que mi amor siga cuidándome, casi mimándome, como hasta ahora.
Hemos compartido muchas horas, muchos apuntes, nos hemos dejado los ojos en los folios a la luz del flexo. Y, también, nos hemos dejado los ojos en el cuerpo borroso de la otra, hemos borrado las huellas de los dedos acariciándonos la espalda, los muslos, el cuello, la frente...
¡Y ahora Carmen está encantada con mi nuevo corte de pelo! No se puede pedir más.
En septiembre seguiremos alegres, disfrutaremos de más de una fiesta y seguiremos saboreando cualquier fruta de la pasión.

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