lunes, abril 23, 2007

Ars Amandi (Versión actualizada para Carmen Lesbia)

¿Para qué nos aconsejan que prestemos atención a nuestra amada, si ella es inconstante y vanidosa? El amor podemos conseguirlo haciéndonos valer, mostrando nuestras virtudes: con nuestra coquetería, podemos presentarnos más bellas; y con nuestras ideas hacernos las interesantes e inteligentes.
Las atenciones sólo pueden conquistar a unas pocas jóvenes inseguras y a quienes creen que el mundo no las entiende.
Si no tienes gusto para combinar tu vestuario, para peinarte ni para maquillarte, puedes acudir a algún programa de televisión, donde por un poco de dignidad perdida te hacen un cambio radical y no te reconocerá ni tu madre a la hora de comer.
Si no tienes ideas propias, busca algunas que parezcan interesantes. Ahora es fácil encontrarlas, con ayuda de San Google, agrupadas en colecciones de citas o en la infinidad de blogs. Repite la misma idea con proverbios árabes o chinos, de Montesquieu o de Séneca. Pero no confundas los problemas de Prostágoras con los de próstata; ni sentencias de George Sand con las sandeces de San Jorge.
Sorpréndela siempre con una blusa nueva: “¡Qué mona! ¿Dónde te la has comprado?” “¡Bah, si la compré el año pasado en las rebajas!” Con un nuevo peinado: “¡Qué bien te queda ese corte, te hace más joven!”. “¿Tú crees? Me lo ha hecho mi prima, no tenía con quien practicar en la Academia”.
No le des tregua al lecho amoroso: a ella, su nueva blusa le favorece abandonada en el sofá; sus pantalones a la moda, tirados sobre la alfombra; su costoso peinado, alborotado entre tus dedos, cubriendo la blanda almohada.
Y entre combate y combate amoroso, deja que te lleve a la última exposición inugurada, al concierto de ese fenomenal grupo desconocido, al último garito de ambiente abierto en Chueca.
Y si es posible que te sorprenda en los lavabos con su mejor amiga. Deja que se marche ofendida a casa y no regreses hasta el amanecer. Prepárale un buen desayuno (zumo, tostadas, café recién hecho), llévaselo a la habitación, déjalo sobre la mesilla, sin despertarla, y métete entre las sábanas, para acariciar su piel con tus labios, para buscar su placer con tu lengua. Y en cuanto se despierte, séllale su protesta con cálidos besos, apacigua su revuelta con acertadas caricias.
Y después de tomaros el café ya frío, pídele que te invite a un paseo por el centro de la ciudad, a un vermú en la plaza vieja, a una pizza que os tomaréis en casa antes de una nueva siesta sin sueño.
La culpa de que te fueras la lavabo con su amiga fue suya, que no te prestaba atención y estaba tonteando con la camarera.
Y sigue habiendo otras artes y otros amores que pueden traernos la felicidad. Sólo hay que descubrirlos.

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lunes, abril 16, 2007

Ars Amandi (versión clásica para Lesbia)

¿Para qué nos aconsejan que enviemos versos de amor, si la poesía no goza de consideración? La poesía recibe alabanzas, pero tu amada buscará buenos regalos. El amor se consigue con oro. ¡Así de interesadas somos las personas! La poesía sólo puede conquistar a esas pocas jovenes cultas que hay y a las que no lo son, pero pretenden serlo.
Si no tienes dinero, ni musa, tendrás que elogiar y admirar los encantos de tu amada: su cuerpo, su peinado, su vestido… Venera cualquier muestra de cariño que te brinde.
Si duda al inicio, alimenta la costumbre de tu presencia: que siempre te vea, que siempre oiga tu voz, que de noche y día tenga tu rostro presente. Cuando vaya creciendo el amor, dale oportunidad de que te eche de menos: una ausencia breve es un ardiente incentivo amoroso. Pero si alargas tu ausencia, su amor se desvanecerá y siempre hay al acecho nuevos regazos cálidos dispuestos a acoger a quien se siente abandonada.
Que nunca te sorprendan en una traición: nada hay como la furia de la mujer que sorprende a una rival en el lecho de su amada. Se rompe el más firme amor. Pero nadie puede obligarte a entregarte a una sola mujer, porque si eres ardiente no lo soportarás; pero disimula tu traición como si fuera un inocente juego y no te comprometas en horas y días fijos. Si te descubre, aunque sea en la cama con ella, niéga toda acusación una y otra vez Y, sobre todo, no seas más cariñosa o amable que de costumbre, porque sería la señal inequívoca de tu culpabilidad.
Pero no permitas por mucho tiempo su enfado y reconcíliate rápidamente, entre las sábanas y con toda la pasión: toda reconciliación consiste únicamente en eso, y es la mejor manera de desmentir amores ocultos.
A pesar de esto, a veces, puede convenir descubrir tus infidelidades. Si no hay rival, el corazón de tu amada puede hacerse perezoso y su amor languidecer; es hora entonces de despertarlo con agudo aguijón, dejando que se entere de tu traición y se lamente con amargura. Pero por breve tiempo: rápidamente debes rodearla con tus brazos, abrazarla para que llore sobre tu pecho, besar sus labios humedecidos por la salina lágrima y hacerle el amor mientras calma su llanto. Ahí reside la Concordia, y depuestas las armas, nace la Gracia y el arrullo encierra lisonjas y palabras.
A pesar de lo dicho, hay otras artes y otros amores que pueden traernos la felicidad.

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viernes, abril 13, 2007

Cambio dos oídos por una boca

Según el filósofo Zenón de Elea, “la naturaleza nos ha dado dos oídos y una sola boca para recordarnos que vale más escuchar que hablar.”
Desde un punto de vista racional, lo comparto absolutamente. Pero cuando nos da la vena emocional, desearíamos tener dos o tres bocas para expresar lo que sentimos y carecer de oídos para no escuchar nada más.
Y otras veces, desearíamos no ser quien escucha sin hablar; sino quien habla sin escuchar.
Este es mi caso, actualmente: mi vecina, con quien comparto un fino tabique de separación, ha encontrado un fogoso amante y se pasa las noches en un continuo grito de placer, sin escuchar las órdenes del chico (a quien también oigo): “no grites, calla”.
Mientras, yo oigo sin oportunidad de grito, y cambiaría mis dos oídos por una boca expresiva: me valdría más gritar que oír.

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martes, abril 10, 2007

¿El hábito hace al monje?

Joshua Bell, uno de los más grandes y cotizados violinistas actuales, apenas sobreviviría tocando en como músico en el metro.
No tiene el reconocimiento popular necesario.
Informa la prensa de que su ‘concierto’ en el metro de Washington sólo fue valorado, con alguna moneda, por 27 personas de las más de mil que pasaron junto a él; y sólo siete se detuvieron un minuto a escuchar la música. En total recaudó 32 dólares.
Su talento, su extraordinario violín Stradivarius de 1713, sus manos eran las mismas que tres días, cuando melómanos y esnobistas, se disputaron entradas de más de 100 dólares, para escucharle en el Boston Symphony Hall.
Es cierto que el público que recorre los pasillos del metro no responde al mismo perfil cultural que quienes acuden a un auditorio o teatro con el propósito de sacar una entrada. Pero no es menos cierto que el hábito y el convento hacen al monje, a pesar de lo que afirma el refrán popular.
El hábito elegante que suelen vestir los músicos en los conciertos de Clásica se había sustituido por unos pantalones vaqueros y una camiseta. El convento – templo-de-la-cultura–, fue abandonado para predicar en los concurridos y bulliciosos pasillos del metro. Los fieles, habitualmente sentados y en íntimo recogimiento espiritual, se dirigían raudos a sus puestos de trabajo.
Pero hay que recordar que lo fundamental, el monje, su objeto litúrgico (el violín) y su espiritualidad (talento) eran los mismos.

Es evidente que lo cercano no suele provocar admiración, porque para ello es necesario revestirlo de cierta liturgia, que lo aleje del común y de la bendición de algún pope cuyo prestigio también se haya creado litúrgicamente. Esos popes suelen ser los llamados ‘intelectuales’, personas que sueltan frases pomposas, adoptan hábitos excéntricos, contrarían el sentido común del pueblo y al final, siempre llenos de soberbia, son unos “genios” porque logran el reconocimiento popular o unos “incomprendidos” que despotrican contra el populacho.

Creo que el mismo experimento debería hacerse, poniendo en boca de cualquier persona de la calle, lo que dicen muchas de nuestras autoridades políticas, religiosas, sociales,…
Serviría para apreciar objetivamente el valor de los discursos y sermones de estas autoridades: su vulgaridad (en el mejor sentido del término), su vacuidad, su presuntuosidad, o todo lo contrario, si es el caso.
Pero también serviría para apreciar el papanatismo y los prejuicios y juicios acríticos con que nos manejamos habitualmente quienes formamos la ciudadanía general.

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miércoles, abril 04, 2007

Cambios de identidad

¿Cómo reaccionaríamos cualquier mujer si nos diagnosticasen un cáncer de testículo?
Esta es la situación que ayer presentaron en la serie House.
No es una serie que me interese: no me imagino tener que aguantar a un médico de la Seguridad Social como el susodicho; y viendo estas series de médicos se podría llegar a la conclusión de que en la vida no hay más que enfermedad y dolor (y el personal de los hospitales no tiene otra preocupación que ligar). En cambio mi padre está enganchado a la serie; según mi hermana, porque él “es muy House”.
El caso es que sólo pillé el final del capítulo: descubren que la adolescente que se considera muy atractiva y femenina, sufre un cáncer de testículo porque en realidad es un chico, pero sin genitales externos.
No me importa saber si esto es científico o simple ciencia ficción. Pero me hizo plantearme la situación de tantas personas que, de repente, sufren un cambio en su identidad y ya no son quienes eran. Y no me refiero al cambio de identidad en el DNI, de acuerdo con las últimas leyes; sino a los cambios en la identidad que cada uno hemos construido a lo largo de años y conforme a la que nos relacionamos con los demás.
¿Cómo recompone su vida una persona que sale del hospital con una identidad que (en general y de acuerdo con las convenciones sociales) no le permite usar la ropa que llena sus armarios; que debe aprender a entrar por la otra puerta en los aseos; que no puede seguir jugando en el equipo femenino, y debe cambiarse al masculino; que debe aprender un nuevo idioma, con palabras y exclamaciones propias y asociadas a su nuevo sexo?
Pero en esta misma situación se encuentran muchas personas por causas más frecuentes:
Quien descubre, con bastante edad, que es un hijo adoptado. ¿Debería dejarlo pasar y seguir considerando a sus padres como los únicos, o más bien, se le despertará la inquietud de saber quiénes son sus “verdaderos” padres? ¿Y si los encuentra, qué decisión tomar?
Quien se define, y por encima de todo, como “casado/-a”, no suelta dos frases seguidas sin dejar caer “mi marido/mujer” y de repente, sin preverlo, se ve divorciado/-a o viudo/-a. Seguro que sus relaciones sociales estaban basadas en juegos de parejas, y esta persona se siente en fuera de juego. Se habría acostumbrado a no asumir responsabilidades individuales y ahora debe hacerlo. Habría delegado más de la mitad de los quehaceres diarios y ahora tiene que retomarlos o aprenderlos desde cero. (Siempre me he preguntado cómo le saldrá la primera comida al hombre ‘que nunca ha frito un huevo’ y se ve solo, divorciado o viudo).
Los ‘singles’ recalcitrantes y orgullosos de serlo, que con más de cuarenta años se enamoran perdidamente y se convierten en media naranja exprimida hasta la cáscara. ¿Cómo reconocer que besan por donde pisa su amor, que son arrastrados por una fuerte cadena invisible que no pueden ni quieren romper? ¿Cómo buscar en Internet razones que justifiquen la bondad del emparejamiento? ¿Cómo recomponen las amistades abandonadas porque 2 + 1 siempre era impar y el triángulo, un equilibrio imperfecto?

Supongo que todos nos vemos obligados a cambiar varias veces de ‘identidad’ a lo largo de nuestra vida. Pero, en la mayoría de las ocasiones son cambios deseados o esperados, graduales, que no nos voltean violentamente, ni nos dejan en una cuerda floja sobre el precipicio. Sin embargo, los cambios repentinos y bruscos deben llevar al límite la fortaleza psicológica de las personas; y éstas rara vez suelen salir indemnes, aunque lleguen a retomar el vuelo.
¿Cuál es vuestra opinión?

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