Ars Amandi (Versión actualizada para Carmen Lesbia)
Las atenciones sólo pueden conquistar a unas pocas jóvenes inseguras y a quienes creen que el mundo no las entiende.
Si no tienes gusto para combinar tu vestuario, para peinarte ni para maquillarte, puedes acudir a algún programa de televisión, donde por un poco de dignidad perdida te hacen un cambio radical y no te reconocerá ni tu madre a la hora de comer.
Si no tienes ideas propias, busca algunas que parezcan interesantes. Ahora es fácil encontrarlas, con ayuda de San Google, agrupadas en colecciones de citas o en la infinidad de blogs. Repite la misma idea con proverbios árabes o chinos, de Montesquieu o de Séneca. Pero no confundas los problemas de Prostágoras con los de próstata; ni sentencias de George Sand con las sandeces de San Jorge.
Sorpréndela siempre con una blusa nueva: “¡Qué mona! ¿Dónde te la has comprado?” “¡Bah, si la compré el año pasado en las rebajas!” Con un nuevo peinado: “¡Qué bien te queda ese corte, te hace más joven!”. “¿Tú crees? Me lo ha hecho mi prima, no tenía con quien practicar en la Academia”.
No le des tregua al lecho amoroso: a ella, su nueva blusa le favorece abandonada en el sofá; sus pantalones a la moda, tirados sobre la alfombra; su costoso peinado, alborotado entre tus dedos, cubriendo la blanda almohada.
Y entre combate y combate amoroso, deja que te lleve a la última exposición inugurada, al concierto de ese fenomenal grupo desconocido, al último garito de ambiente abierto en Chueca.
Y si es posible que te sorprenda en los lavabos con su mejor amiga. Deja que se marche ofendida a casa y no regreses hasta el amanecer. Prepárale un buen desayuno (zumo, tostadas, café recién hecho), llévaselo a la habitación, déjalo sobre la mesilla, sin despertarla, y métete entre las sábanas, para acariciar su piel con tus labios, para buscar su placer con tu lengua. Y en cuanto se despierte, séllale su protesta con cálidos besos, apacigua su revuelta con acertadas caricias.
Y después de tomaros el café ya frío, pídele que te invite a un paseo por el centro de la ciudad, a un vermú en la plaza vieja, a una pizza que os tomaréis en casa antes de una nueva siesta sin sueño.
La culpa de que te fueras la lavabo con su amiga fue suya, que no te prestaba atención y estaba tonteando con la camarera.
Y sigue habiendo otras artes y otros amores que pueden traernos la felicidad. Sólo hay que descubrirlos.
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